GÓMEZ GRAY, Alana. (2015). Petición. En Cabrera Martos, José (Coord.) (2015). Fruto del tiempo con nosotros. Homenaje a Manuel Urbano (pp. 195- 201). Jaén: Instituto de Estudios Giennenses / Diputación Provincial de Jaén.
Para Manolo Urbano
La Reina Madre había muerto hacía tiempo. Tenía cien o
ciento un años cuando ocurrió. De las familias reales mis personajes
favoritos eran ella y Stephanie de Mónaco. La primera por vieja y
relajada; la segunda por desinhibida.
Siempre imaginé a la centenaria mujer viviendo de manera
serena en la hermosura de sus jardines ingleses, riéndose de la
solemnidad, la hipocresía y los absurdos conflictos de todos sus
descendientes. La imaginé en un mundo diferente, alterno al resto de
quienes la rodeaban. La Reina Madre no me era un personaje ajeno gracias
a la televisión y las revistas, pero también es cierto que no existía
posibilidad alguna de relacionarme con ella, en lo absoluto. Yo era una
plebeya cualquiera a miles de kilómetros y libras, como otros tantos
millones de personas.
Lo raro es que no me sorprendí cuando la vi sentada en la
esquina de mi cama. Entré a la habitación y ahí estaba. Llevaba
sombrero y un vestido rosa pálido, quizá un Chanel pero como no portaba
el gran número de perlas que exige esa marca, quizá no lo fuera. Olía a
flores frescas, calzaba zapatos magníficos de tacón de una pulgada y de
color claro que iban a la perfección con el resto de la indumentaria.
Ahora que lo pienso, la Reina Madre siempre se me
apareció con diferente atuendo; y yo no podía evitar fijarme en los
detalles, como el broche que la adornaba o los zarcillos del día. Vestía
bien, eso era innegable, aunque yo podría discrepar en cuanto a los
sombreros, que a veces me parecían un tanto exagerados. Pero, a su edad,
estando más allá del bien y el mal, cualquier extravagancia era
cualidad.
El punto es que la Reina Madre ahí estaba. Miraba sus
uñas cuando yo entré. Me comentó que hacía muchos años tuvo un esmalte
cuyo color “ópalo rosa” le hubiera ido estupendo esta tarde con su
traje. Lo dijo como si estuviésemos en medio de una conversación
interrumpida solo por un suspiro. Depositó sus manos en su regazo y me
miró a los ojos.
–Y bien, ¿qué quieres?, me preguntó de manera dulce, como
si fuera mi abuela y yo estuviera a punto de escoger entre galletas y
chocolates.
“Conocer a Barbara Cartland”, pensé y no solté una
carcajada por mi ocurrencia debido a que surgió de entre las
profundidades de mi ser mi educación en escuela de monjas. La verdad es
que de alguna manera relacionaba a ambas mujeres no sé por qué. Alguna
vez escuché que la escritora era tía de la famosa Lady Di y por alguna
razón di por supuesto en ese instante irreal que ella y la Reina Madre
se conocerían. Por fortuna, la soberana no leía la mente y, aún cuando
su sentido del humor fuese espléndido, era muy probable que no le
hubiese agradado nada esa primera respuesta a su pregunta.
Todo esto pasaba por mi mente mientras ella me miraba con paciencia interrogante.
Balbucí algunos monosílabos aunque nada coherente salía de mi boca.
¿Qué quería? En ese instante no lo sabía. Di unos pasitos por mi
habitación para hacer tiempo, observé la pequeñez de mi espejo, la
portada del cuaderno donde escribo mis sueños, mi ropa en su caos…
–¿Qué quiero de qué?, me atreví a preguntar para aclarar de qué iba aquello.
–Lo que quieras. Pide, contestó ella con afecto.
–¿Puedo pedir cualquier cosa?
–Sí, respondió ella paciente. Tenemos todo el tiempo, pide bien, piensa con cuidado.
Sí, claro, ella ya estaba muerta, por supuesto que tenía
todo el tiempo. Pero yo no, iba retrasada con mi trabajo y no se diga
todo lo que me faltaba hacer en la casa. Si me iba a ser concedido algo
que yo anhelase, deseaba también contar con los años suficientes para
disfrutarlo. Sin embargo, acababa de llegar de la oficina y tenía mucha
hambre y en lo único que podía pensar era en un sandwich de jamón. Hice
un recuento mental del contenido del refrigerador y concluí que sí
podría preparármelo sin tener que molestar a la anciana quien, además
era una reina, y, con mucha probabilidad, no sabría preparar un buen
bocadillo y gastar un deseo en una comida tan simple no era algo que
valiera mucho la pena.
¿Qué quería?
No cabía duda, por lo pronto, comer y, si era posible,
disfrutar de una siesta, unos cuantos minutos tumbada serían
suficientes. Entonces me entró el conflicto de si invitar a la buena
señora a que me acompañara a la cocina o pedirle que me esperara en la
sala o… Ella ya no estaba ahí. Quise llamarla y no tenía ni idea de cómo
hacerlo. Su Alteza, Su Majestad, Su Ilustrísima, por su nombre, ¿cómo?
Por el momento me interesaban más mi comida y mi descanso
que el fantasma. Ella volvió a aparecer una semana más tarde. Durante
ese lapso tuve tiempo para asustarme a mí misma ante el hecho de haber
permanecido tranquila frente a un ánima; de valorar, de ser cierto todo
lo ocurrido, qué podría pedir; de reflexionar acerca de lo que quería.
Era extraño lo que acontecía, era como tener un genio a mi disposición
aunque sin los típicos tres deseos. ¿Habría alguna diferencia entre
desear y querer? Como en los múltiples chistes y cuentos, pensé en
pedir dinero, una casa más grande, otra casa en la playa, llenarme de
libros y discos, gozar de un auto nuevo, viajar por todo el mundo, me
imaginé con ropa nueva, con excelentes equipos de sonido y cómputo. Oh,
sí, podría por fin estudiar arte, me hartaría de conciertos y museos,
soñé con un desayuno a la orilla de un lago tras bajar de una montaña
muy alta o haber navegado suavemente entre lotos y nenúfares. Quería
todo eso.
La siguiente vez que apareció la Reina Madre le comuniqué
con satisfacción que ya sabía lo que deseaba y comencé por pedir
dinero.
–Bien, dijo ella. ¿Cuánto?
–El suficiente para casas, auto, helicóptero, viajes, estudios…
–¿Cuánto?
–No sé, reconocí titubeante. Desconocía el costo de cada una de mis deseos.
–Debe ser una cantidad exacta, con centavos incluso.
–¿Puedo pedir, por ejemplo, cien millones de dólares?
–Lo que sea, siempre y cuando sea una cantidad exacta, que no te sobre ni te falte una libra.
¡Libras!, pensé. Era preciso hacer el cambio de mi moneda a libras.
–¿Por qué exacta?, quise saber
–Es necesario entregar comprobantes de compras.
–¿Y si pidiera todo el dinero del mundo?
–Si tú lo tienes todo, no habría transacciones, no podrías comprar
nada, el intercambio de bienes y servicios se haría de otra manera.
La señora tenía razón. Me sentí avergonzada, la había
subestimado, ella fue una reina y no pudo estar ajena a las cuestiones
económicas.
Menuda tarea me dejaba: hacer cálculos con precisión de broker.
Otra tarde, sentadas en el patio viendo a la gata
perseguir un insecto decidí que necesitaba una casa en mejores
condiciones.
–¿Cuál?
–Una grande, muy bonita, caliente en invierno, fresca en
verano, con jardines, muchas ventanas, aislada del ruido exterior, bien
decoración, cómoda.
¿Cuál? ¿Ya la había escogido? ¿En dónde estaba?
Por supuesto que yo no estaba al tanto dónde se
encontraba mi casa ideal, si en Guadalajara o New York, en Calcuta o
Siberia.
No podía saberlo si no la había visto y carecía de los
medios para contratar una agencia de bienes inmuebles o viajar y
conocerla. Si pedía dinero para recorrer el mundo debía ser la consabida
cantidad exacta. Siempre he creído que para habitar un sitio uno debe
sentirlo además de sólo verlo en fotografías vía internet, así que me
puse manos a la obra en mi propia ciudad. Hice citas, visité algunos
inmuebles, pedí presupuestos a la par de cumplir con todos mis
compromisos familiares y laborales. La búsqueda se me volvía cada vez
más difícil porque, me di cuenta, perseguía un sueño de vivienda, por lo
que opté tomarme un tiempo para reflexionar.
Pasaron los meses. La Reina Madre y yo hablábamos mucho.
Yo le contaba cómo estuvo mi día, ella anécdotas de su juventud. La edad
que más disfrutó, decía, fue la de la vejez pues fue relevada de muchas
responsabilidades para con su país y los suyos. Fue como si volviese a
tener la libertad de una niña pero con toda la sabiduría de sus tantos
años. Conocía la manera de divertirse a través de lo sencillo, la
asombraba lo pequeño, le devolvía su dignidad de existir a lo más
simple: un vaso, un helecho, una hoja de papel. Lo veía todo como si
fuera la primera vez.
Un día que llegué a casa con especial molestia por
problemas con el auto y le comenté que era inevitable: necesitaba uno
nuevo.
–Muy bien, dijo ella. ¿Cuál?
Vuelta a empezar.
–Un Ibiza rojo, último modelo, con estéreo y aire
acondicionado, dije rápidamente y sin pensarlo mucho, a ver si esta vez
colaba.
–No hay ese color en existencia, dijo ella tras unos
segundos, como si hubiese sido informada por un asesor invisible.
–Uno gris, esgrimí.
–¿Con vestidura gris o azul? Hay dos tonos de azul.
Me enfadaba todo aquello, prefería ir a la agencia
directamente y comunicarle más tarde mi decisión. Al salir tuve
conciencia una vez más que vivo en un barrio histórico, con casas de
techos altos y sin cochera. Imaginé a mis vecinos adolescentes sentados
sobre mi auto nuevo. Necesitaba otra casa. ¡La casa! Me relajé y volví
sobre mis pasos, ya buscaría mañana a un buen mecánico en las páginas
amarillas. Por lo pronto, invité a la Reina una coca-cola y nos pusimos a
ver televisión.
Algún tiempo después, bajo el agobio de los
requerimientos fiscales, en medio de facturas y declaraciones de
impuestos externé que precisaba más dinero para vivir tranquila el resto
de mi vida así como no sufrir más por los trámites ante Hacienda.
–¿Cuánto?, preguntó ella.
¿Por qué me había tocado un hada madrina tan limitada? La
de Cenicienta le puso un vestido magnífico sin tener que escogerlo o
probárselo antes. Le dio una carroza de calabaza así, sin más.
–Quiero que usted lea mi mente, solté.
La Reina levantó la vista de su bordado y me miro alarmada.
–Eso no es correcto, no tendríamos nada de que charlar.
En otra ocasión comenté cuánto me gustaría ir nadar al mar.
–¿Por qué no lo haces?
–No sé nadar.
–¿Por qué no aprendes?
–¿Podría usted enseñarme? ¿Así, con un chasquido de los dedos, sin tener que pasar por las clases y el miedo?
Se rió mucho de mí, muchísimo.
–No soy el genio de una lámpara maravillosa, decía entre carcajadas. Solo soy una reina muerta. Tengo límites.
Quedaba claro que solicitar cualquier habilidad que no
formara parte de mi educación o naturaleza, sería en vano. Por eso,
cuando anhelé mejorar mi apariencia ni se lo comenté, pues con seguridad
ella me mandaría al gimnasio y al nutriólogo.
Tiempo después, mientras yo sacudía mis libros y ella
organizaba un álbum con sus fotos familiares volvió a preguntarme qué
quería.
En ese momento de paz, en medio del polvo de mi estudio,
envueltas en una melodía que nos agradaba a ambas, con mi gata
ronroneando a mis pies, sin prisas, tuve claro qué quería.
–Nada, contesté.
La Reina Madre me sonrió y ambas continuamos con nuestras labores.