martes, 3 de febrero de 2026

Petición

 

GÓMEZ GRAY, Alana. (2015). Petición. En Cabrera Martos, José (Coord.) (2015). Fruto del tiempo con nosotros. Homenaje a Manuel Urbano (pp. 195- 201). Jaén: Instituto de Estudios Giennenses / Diputación Provincial de Jaén.


 

Para Manolo Urbano

La Reina Madre había muerto hacía tiempo. Tenía cien o ciento un años cuando ocurrió. De las familias reales mis personajes favoritos eran ella y Stephanie de Mónaco. La primera por vieja y relajada; la segunda por desinhibida.

            Siempre imaginé a la centenaria mujer viviendo de manera serena en la hermosura de sus jardines ingleses, riéndose de la solemnidad, la hipocresía y los absurdos conflictos de todos sus descendientes. La imaginé en un mundo diferente, alterno al resto de quienes la rodeaban. La Reina Madre no me era un personaje ajeno gracias a la televisión y las revistas, pero también es cierto que no existía posibilidad alguna de  relacionarme con ella, en lo absoluto. Yo era una plebeya cualquiera a miles de kilómetros y libras, como otros tantos millones de personas.

            Lo raro es que no me sorprendí cuando la vi sentada en la esquina de mi cama. Entré a la habitación y ahí estaba. Llevaba sombrero y un vestido rosa pálido, quizá un Chanel pero como no portaba el gran número de perlas que exige esa marca, quizá no lo fuera. Olía a flores frescas, calzaba zapatos magníficos de tacón de una pulgada y de color claro que iban a la perfección con el resto de la indumentaria.

            Ahora que lo pienso, la Reina Madre siempre se me apareció con diferente atuendo; y yo no podía evitar fijarme en los detalles, como el broche que la adornaba o los zarcillos del día. Vestía bien, eso era innegable, aunque yo podría discrepar en cuanto a los sombreros, que a veces me parecían un tanto exagerados. Pero, a su edad, estando más allá del bien y el mal, cualquier extravagancia era cualidad.

            El punto es que la Reina Madre ahí estaba. Miraba sus uñas cuando yo entré. Me comentó que hacía muchos años tuvo un esmalte cuyo color “ópalo rosa” le hubiera ido estupendo esta tarde con su traje. Lo dijo como si estuviésemos en medio de una conversación interrumpida solo por un suspiro. Depositó sus manos en su regazo y me miró a los ojos.

            –Y bien, ¿qué quieres?, me preguntó de manera dulce, como si fuera mi abuela y yo estuviera a punto de escoger entre galletas y chocolates.

            “Conocer a Barbara Cartland”, pensé y no solté una carcajada por mi ocurrencia debido a que surgió de entre las profundidades de mi ser mi educación en escuela de monjas. La verdad es que de alguna manera relacionaba a ambas mujeres no sé por qué. Alguna vez escuché que la escritora era tía de la famosa Lady Di y por alguna razón di por supuesto en ese instante irreal que ella y la Reina Madre se conocerían. Por fortuna, la soberana no leía la mente y, aún cuando su sentido del humor fuese espléndido, era muy probable que no le hubiese agradado nada esa primera respuesta a su pregunta.

Todo esto pasaba por mi mente mientras ella me miraba con paciencia interrogante.

Balbucí algunos monosílabos aunque nada coherente salía de mi boca.

¿Qué quería? En ese instante no lo sabía. Di unos pasitos por mi habitación para hacer tiempo, observé la pequeñez de mi espejo, la portada del cuaderno donde escribo mis sueños, mi ropa en su caos…

            –¿Qué quiero de qué?, me atreví a preguntar para aclarar de qué iba aquello.

            –Lo que quieras. Pide, contestó ella con afecto.

            –¿Puedo pedir cualquier cosa?

            –Sí, respondió ella paciente. Tenemos todo el tiempo, pide bien, piensa con cuidado.

            Sí, claro, ella ya estaba muerta, por supuesto que tenía todo el tiempo. Pero yo no, iba retrasada con mi trabajo y no se diga todo lo que me faltaba hacer en la casa. Si me iba a ser concedido algo que yo anhelase, deseaba también contar con los años suficientes para disfrutarlo. Sin embargo, acababa de llegar de la oficina y tenía mucha hambre y en lo único que podía pensar era en un sandwich de jamón. Hice un recuento mental del contenido del refrigerador y concluí que sí podría preparármelo sin tener que molestar a la anciana quien, además era una reina, y, con mucha probabilidad, no sabría preparar un buen bocadillo y gastar un deseo en una comida tan simple no era algo que valiera mucho la pena.

            ¿Qué quería?

            No cabía duda, por lo pronto, comer y, si era posible, disfrutar de una siesta, unos cuantos minutos tumbada serían suficientes. Entonces me entró el conflicto de si invitar a la buena señora a que me acompañara a la cocina o pedirle que me esperara en la sala o… Ella ya no estaba ahí. Quise llamarla y no tenía ni idea de cómo hacerlo. Su Alteza, Su Majestad, Su Ilustrísima, por su nombre, ¿cómo?

            Por el momento me interesaban más mi comida y mi descanso que el fantasma. Ella volvió a aparecer una semana más tarde. Durante ese lapso tuve tiempo para asustarme a mí misma ante el hecho de haber permanecido tranquila frente a un ánima; de valorar, de ser cierto todo lo ocurrido, qué podría pedir; de reflexionar acerca de lo que quería. Era extraño lo que acontecía, era como tener un genio a mi disposición aunque sin los típicos tres deseos. ¿Habría alguna diferencia entre desear y querer?   Como en los múltiples chistes y cuentos, pensé en pedir dinero, una casa más grande, otra casa en la playa, llenarme de libros y discos, gozar de un auto nuevo, viajar por todo el mundo, me imaginé con ropa nueva, con excelentes equipos de sonido y cómputo. Oh, sí, podría por fin estudiar arte, me hartaría de conciertos y museos, soñé con un desayuno a la orilla de un lago tras bajar de una montaña muy alta o haber navegado suavemente entre lotos y nenúfares. Quería todo eso.

            La siguiente vez que apareció la Reina Madre le comuniqué con satisfacción que ya sabía lo que deseaba y comencé por pedir dinero.

            –Bien, dijo ella. ¿Cuánto?

            –El suficiente para casas, auto, helicóptero, viajes, estudios…

            –¿Cuánto?

            –No sé, reconocí titubeante. Desconocía el costo de cada una de mis deseos.

            –Debe ser una cantidad exacta, con centavos incluso.

            –¿Puedo pedir, por ejemplo, cien millones de dólares?

            –Lo que sea, siempre y cuando sea una cantidad exacta, que no te sobre ni te falte una libra.

            ¡Libras!, pensé. Era preciso hacer el cambio de mi moneda a libras.

            –¿Por qué exacta?, quise saber

            –Es necesario entregar comprobantes de compras.

            –¿Y si pidiera todo el dinero del mundo?

–Si tú lo tienes todo, no habría transacciones, no podrías comprar nada, el intercambio de bienes y servicios se haría de otra manera.

            La señora tenía razón. Me sentí avergonzada, la había subestimado, ella fue una reina y no pudo estar ajena a las cuestiones económicas.

Menuda tarea me dejaba: hacer cálculos con precisión de broker.

            Otra tarde, sentadas en el patio viendo a la gata perseguir un insecto decidí que necesitaba una casa en mejores condiciones.

            –¿Cuál?

            –Una grande, muy bonita, caliente en invierno, fresca en verano, con jardines, muchas ventanas, aislada del ruido exterior, bien decoración, cómoda.

            ¿Cuál? ¿Ya la había escogido? ¿En dónde estaba?

            Por supuesto que yo no estaba al tanto dónde se encontraba mi casa ideal, si en Guadalajara o New York, en Calcuta o Siberia.

            No podía saberlo si no la había visto y carecía de los medios para contratar una agencia de bienes inmuebles o viajar y conocerla. Si pedía dinero para recorrer el mundo debía ser la consabida cantidad exacta. Siempre he creído que para habitar un sitio uno debe sentirlo además de sólo verlo en fotografías vía internet, así que me puse manos a la obra en mi propia ciudad. Hice citas, visité algunos inmuebles, pedí presupuestos a la par de cumplir con todos mis compromisos familiares y laborales. La búsqueda se me volvía cada vez más difícil porque, me di cuenta, perseguía un sueño de vivienda, por lo que opté tomarme un tiempo para reflexionar.

            Pasaron los meses. La Reina Madre y yo hablábamos mucho. Yo le contaba cómo estuvo mi día, ella anécdotas de su juventud. La edad que más disfrutó, decía, fue la de la vejez pues fue relevada de muchas responsabilidades para con su país y los suyos. Fue como si volviese a tener la libertad de una niña pero con toda la sabiduría de sus tantos años. Conocía la manera de divertirse a través de lo sencillo, la asombraba lo pequeño, le devolvía su dignidad de existir a lo más simple: un vaso, un helecho, una hoja de papel. Lo veía todo como si fuera la primera vez.

            Un día que llegué a casa con especial molestia por problemas con el auto y le comenté que era inevitable: necesitaba uno nuevo.

            –Muy bien, dijo ella. ¿Cuál?

            Vuelta a empezar.

            –Un Ibiza rojo, último modelo, con estéreo y aire acondicionado, dije rápidamente y sin pensarlo mucho, a ver si esta vez colaba.

            –No hay ese color en existencia, dijo ella tras unos segundos, como si hubiese sido informada por un asesor invisible.

            –Uno gris, esgrimí.

            –¿Con vestidura gris o azul? Hay dos tonos de azul.

            Me enfadaba todo aquello, prefería ir a la agencia directamente y comunicarle más tarde mi decisión. Al salir tuve conciencia una vez más que vivo en un barrio histórico, con casas de techos altos y sin cochera. Imaginé a mis vecinos adolescentes sentados sobre mi auto nuevo. Necesitaba otra casa. ¡La casa! Me relajé y volví sobre mis pasos, ya buscaría mañana a un buen mecánico en las páginas amarillas. Por lo pronto, invité a la Reina una coca-cola y nos pusimos a ver televisión.

            Algún tiempo después, bajo el agobio de los requerimientos fiscales, en medio de facturas y declaraciones de impuestos externé que precisaba más dinero para vivir tranquila el resto de mi vida así como no sufrir más por los trámites ante Hacienda.

            –¿Cuánto?, preguntó ella.

            ¿Por qué me había tocado un hada madrina tan limitada? La de Cenicienta le puso un vestido magnífico sin tener que escogerlo o probárselo antes. Le dio una carroza de calabaza así, sin más.

            –Quiero que usted lea mi mente, solté.  

            La Reina levantó la vista de su bordado y me miro alarmada.

            –Eso no es correcto, no tendríamos nada de que charlar.

            En otra ocasión comenté cuánto me gustaría ir nadar al mar.

            –¿Por qué no lo haces?

            –No sé nadar.

            –¿Por qué no aprendes?

            –¿Podría usted enseñarme? ¿Así, con un chasquido de los dedos, sin tener que pasar por las clases y el miedo?

            Se rió mucho de mí, muchísimo.

            –No soy el genio de una lámpara maravillosa, decía entre carcajadas. Solo soy una reina muerta. Tengo límites.

            Quedaba claro que solicitar cualquier habilidad que no formara parte de mi educación o naturaleza, sería en vano. Por eso, cuando anhelé mejorar mi apariencia ni se lo comenté, pues con seguridad ella me mandaría al gimnasio y al nutriólogo.

            Tiempo después, mientras yo sacudía mis libros y ella organizaba un álbum con sus fotos familiares volvió a preguntarme qué quería.

            En ese momento de paz, en medio del polvo de mi estudio, envueltas en una melodía que nos agradaba a ambas, con mi gata ronroneando a mis pies, sin prisas, tuve claro qué quería.

            –Nada, contesté.

            La Reina Madre me sonrió y ambas continuamos con nuestras labores.




Prisionero

 

GÓMEZ GRAY, Alana. (2014). Prisionero.  En CADENA, Agustín y OLAIZ, Amélie (Eds.) (2014). Cuentos pequeños, grandes lectores (La minificción explicada a los niños) (pp. 30). Estado de México: Cofradía de Coyotes.

 


 El ojo estaba en una habitación cerrada. La puerta era gris, aunque de un gris que en nada semejaba al que me encontré dentro. El hombre abrió y entonces lo tuve frente a mí: no me atrevía a mirarlo llanamente. Era enorme. Me preguntaba a qué tipo de ser podría haber pertenecido pues abarcaba todo el espacio. Cuando por fin me sobrepuse al temor de estar ante un globo ocular de ese tamaño lo observé con cuidado. Era un ojo, sin párpados ni pestañas, solo una esfera, una pupila y un iris. La sensación de que estaba muerto se desvaneció al percatarme de la contracción de la pupila. Era un ojo preso de la nada, sin lágrimas que lo lubricaran, sin cuenca por la cual moverse. Se resecaba sin remedio. No habría manera de colocarlo en agua pues nadie osaba tocarlo ante la certeza de que se le dañaría de gravedad. Un ojo sin escapatoria. Tenía mucho de humano. El hombre dijo que la visita había terminado. Cerró la puerta de nuevo para que no le lastimara la luz. La luz, precisamente el elemento por el cual tenía sentido la existencia del ojo.

            Nadie sabía cuánto tiempo duraría. Era difícil predecir su muerte, pues para constatar su vida era necesario abrir de nuevo la puerta y, al abrirla, lo dañaban por carecer de párpado protector, pero sin luz no existía y no había otra manera de verificar el movimiento de su pupila.

            Me trajeron aquí para que hiciera algo al respecto. Para que tomara una decisión. Lloré.



Dar abrazos

 GÓMEZ GRAY ALANA. (2023). Dar abrazos. En Relatos para Sallent. XV y XVI Concurso de Relatos Cortos para leer en tres minutos «Luis del Val» (pp. 29-30). Jaca: Ayuntamiento de Sallent de Gállego / Comarca Alto Gállego.


 

En sus inicios como instragramer, mi padre llegó a tener dos millones de followers. En esos días, su video más reproducido era aquel en donde baila subido a unos tacones de doce centímetros. Una nadería, comparado con lo de hoy.

            Él tenía claro que no era guapo y su cuerpo estaba alejadísimo de los cánones del gym. Pero supo sacar partido a su veta simpática. Gustaba mucho cuando cantaba de ese modo tan particular: a gritos y asustando a los transeúntes. Es necesario apuntar que en cuanto estos últimos lo reconocían, se desternillaban y daban con beneplácito su consentimiento para salir en su feed y sus stories. Ya sabe usted que incluso algún cantante famoso llegó a actuar con él o a invitarlo a su show.

            En las redes, la preferencia por alguien dura muy poco y mi padre no fue la excepción. Cuando optó por la imitación de retos, rutinas de yoga y maquillajes extremos, en contra de lo que suponía, dejó de atraer likes. Y de dos millones seiscientos ochenta y siete visionados por jornada, un día tuvo tan solo veintinueve. A causa de tal desplome, enfrentó unas semanas muy malas en las que engordó y se deprimió por encima de lo habitual. Empezó así a tener ideas cada vez más descabelladas con tal de mantener a sus seguidores, como aquella de dar abrazos a la orilla del Gran Cañón mientras él iba sin sujeción alguna.

            El hecho decisivo que lo llevó directo a la fama se debió, sin embargo, a un accidente. El ocurrido durante la grabación con aquellas entonces desconocidas influencers.  El del cuarto de baño, ese donde se rompen los espejos y él sangra tanto. Fue cuando decidió enfocarse en los cortes en las piernas y los brazos, por lo que consiguió un nuevo público: el adolescente. Con eso vino todo lo demás, como ya sabe. Millones lo aclamaron y tuvo perfiles en todas las plataformas. Lo abordaban en la calle para los selfies y fichó para las grandes firmas.

            Sentía que se debía a su público y quiso avanzar en ese sentido. El siguiente paso fueron las cirugías sin anestesia, su experiencia como body packing, el autodesollamiento… ORLAN se sintió homenajeada y entendida por fin y la comunidad artística neoyorkina le mostró su aprecio. Gobiernos y cárteles se unieron para manifestar sus respetos tras su ingesta, paseo por la frontera y consecuente expulsión del cargamento de heroína. Como expuso que quitarse la piel de las rodillas era su protesta contra los ataques xenófobos a quien fuese, mi padre se transformó en abanderado de la lucha internacional por la aceptación y tolerancia de las otras, les otres, los otros y lxs otrxs. Por haberse dejado morder por todas esas hormigas en la sabana de Kenia —y sobrevivir al choque anafiláctico— la ONU le confirió el premio de la Concordia con el Medio Ambiente. Con todo, pasó de moda otra vez.

            Reacio a atravesar por un periodo de declive como el de los veintinueve likes, se preparó concienzudamente para su último y más importante streaming. Contrató un experimentado equipo en la deep web, incluida dirección de escena y hackers, claro está, de tal manera que la probabilidad de localizarlo fuese nula, dada la excelencia de la triangulación y el gran blindaje.

            Por eso, el acto tan extremo que ahora realiza y lo llevará a la muerte en directo, así como el registro de su putrefacción, son imposibles de detener. Ni la propia CIA ha logrado algo al respecto. Estoy segura de que no se intentará nada más porque la mayor parte de los ingresos generados por los anunciantes va directamente al Fondo Monetario Internacional, él así lo dejó estipulado. Eso asegura que su proceso se siga transmitiendo 24/7 sin problemas y para deleite de sus espectadores.


Llueva o no

GÓMEZ GRAY, Alana. (2023). Llueva o no. En Francisco DÓMENE, Santiago AGUADED & Dionisio PÉREZ VENEGAS. Humuvia (pp. 91-93). Salobreña: Editorial Alhulia.  

 

No conozco el olor de la larga sequía. Una vez la hubo por mis rumbos y el único sitio donde lo notamos la gente de la ciudad fue en el lago de Chapala, porque se achicó. En lugar de olas ahora solo quedaba un lodo como asustado, como pillado in fraganti, reseco por fuera y baboso por dentro, el cual desprendía un olor a lirio podrido, a charal difunto. Las embarcaciones que daban el paseo por la orilla y hasta la Isla de los Alacranes habían sido sustituidas por el alquiler de burros escuincles o escuálidos que hacían el trayecto hasta el agua, para placer del chiquillerío y desolación de los pescadores.

No conozco, por lo tanto el olor de la tierra cuando le llueve tras una larga sequía. Pero sí sé a qué olía mi casa en temporada de lluvias. El decir popular de mi pueblo afirma que las aguas llegan en mayo, llueva o no. Por mi cumpleaños, en julio, invariablemente llovía. No había manera de festejar porque se soltaba el tormentón por ahí de las cinco, duraba una hora y luego seguía un chipi-chipi que mantenía el frescor hasta la noche. Quizá por la fecha, realizaba yo con mayor conciencia el habitual recorrido que solíamos hacer cuando llovía. Primero el patio, porque las gotas iniciales dejaban sus huellas en su pulido suelo de cemento. Cuando arreciaba, corríamos a la ventana que daba al huerto, para ver cómo les iba a los frutales, a mis dos gallinas, si se había guarecido el perro. Por último, la calle, que sin variación se inundaba. El patio se impregnaba aún más del habitual aroma de las rosas y emergía de él otro, inexplicable, proveniente del pozo cuya agua escondida se mezclaba con la recién caída. La calle, por su parte, olía  todavía más a pavimento. El verdadero placer olfativo provenía de los patios traseros de las viviendas colindantes, que exhalaban con generosidad el inconfundible olor de la tierra mojada. El de las arcillas de sus suelos, embrionario del jarrito mojado, se complementaba con el de las infaltables guayabas, con el de la ceniza de hojarasca que se había echado en primavera a los cajetes, con el de los restos de animales domésticos ahí enterrados desde hacía generaciones. Ya cuando tuve conciencia al viajar, descubrí que no olía igual a tierra mojada en todos sitios. El que tengo registrado, el que forma parte de mi ser, ya no existe. Porque la polución, porque la casa no es, porque mi madre no está, porque ya no soy aquella. Hay palabras al gusto para nombrar ese aroma, como la eufónica humuvia. Con todo, un solo vocablo no alcanza a abarcarme esas tardes con mi madre y mi sobrina asomadas a los árboles viendo caer gotas y guayabas.


Había una vez

 

GÓMEZ GRAY, Alana (2020). Había una vez. En VVAA. (2020). Jubiloso pabellón para José Antonio García Aguilera (pp. 37). Motril: Excelentísimo Ayuntamiento de Motril.


 

Los elefantes caminan a la orilla de la mar. Son cuatrocientos.

¿Te acuerdas?, dice Farabeuf.

Tintin no contesta, pero se sonroja: en realidad a quien recuerda es a Margarita imaginando con embeleso las huellas de los paquidermos en la arena, una vez que un tal Rubén la puso al tanto del hecho.

Tintin no existe para esa chica, a pesar de su fama de joven valiente y emprendedor.

De la misma manera que Margarita no existe para Farabeuf, quien está aquí porque fue llamado ex profeso para explicar-tratar-curar la manía de una princesa por hacer largos viajes para robar objetos, bajo el pretexto del diseño de joyas.

Ahora, el célebre doctor está demasiado ocupado con el guijarro que encierra su mano y la nausea que le produce pensar lo mucho que esa piedrecilla resistió tras ser pisada por todos los elefantes que acaban de pasar.

Además el rey no sabe ni sabrá nada de lo que ocurre.

Y aunque la historia será contada de diferente manera, los únicos que en realidad se divierten esta tarde son los animales.

[1] 

Ejercicios para pensar en las consecuencias morales de

 

GÓMEZ, Alana. (2000). Ejercicios para pensar en las consecuencias morales de. Tierra Adentro, 104, 43-44. ISSN 0185-0938.


 

1. A los cinco años esconderse detrás de una puerta el día en que el perro bravo que vivía en el traspatio se escapó y deambuló por la casa, ¿estrategia de sobrevivencia o cobardía?

2. A los tres años tirarse al piso y hacer berrinche porque se desea ir con la hermana a un mandado y, a la vez, quedarse en casa con la madre, ¿exceso de amor por la madre y la hermana o simple indecisión?

3. A los diez años probar la resistencia de las orugas del guayabo al fuego, ¿temprano interés científico o mera maldad?

4. A los doce años masturbarse en la habitación del hermano mayor mientras se lee el libro de matemáticas, ¿satisfacción sexual inocente o principio de perversidad?

5. A los siete años sentarse en el batiente del comedor a comer limones con azúcar y tomar coca-cola fría hasta sentir que los cabellos del círculo de Willis se paran solos, ¿afán de experimentar reacciones físicas o mera obsesión?

6. Tener amigos imaginarios de los ocho hasta los catorce años, ¿ejercicio creativo o exceso de soledad?

7. Jugar a oscuras y sin hacer ruido en la habitación de la madre cuando hay visitas, ¿consideración a los otros o extremo temor a los mayores?

8. Pararse en la orilla de un pozo a los seis años para decidir si lanzarse o no, ante la mirada apremiante de la madre, ¿precoz afán suicida o exceso de obediencia?

9. Percibir el aroma del huevo tibio combinado con el del peltre del platito en que está servido y negarse a comer, ¿excelente olfato o futura arma de rechazo?

10. Observar a escondidas a la madre mientras ésta se desnuda, ¿tendencia voyeurista o pretexto de culpabilidad?

11. Cuando se estaba en el rancho, jugar a las comiditas y asar hojas de plátano, ¿utilización eficaz de los recursos a la mano o principio de adicción a enervantes?

12. Tener alergia en la piel provocada por el uso de los primeros sujetadores, ¿mala calidad de la prenda o rechazo a la femineidad?

13. A los siete años, y siendo niña, esperar con ansiedad el crecimiento del vello en el cuerpo, ¿aceptación de la animalidad o signo de homosexualismo?

14. Cuando se tuvo tos a los nueve años, tomarse todo un frasco de medicamento antitusígeno, ¿necesidad urgente de salud o manifestación alcohólica?

15. Acompañar a la hermana mayor una noche oscura a tirar en la esquina de un hospital el cadáver de un gato negro que acaba de matar el perro de la casa, ¿obediencia total a las instrucciones de la madre o complicidad en un asesinato?

16. Tomar sin permiso miniaturas de barro de unos canastos llenos de ellas en casa de una amiga la madre a donde se fue de visita, ¿intento de justicia entre los que tienen mucho y los que no tienen nada o manifestación de cleptomanía?

17. Ser una niña flaca de ocho años a la que se cree infestada de lombrices y quedarse viendo ejemplares-muestra de ellas nadando en formol, dentro de unos frascos de vidrio, mientras la madre charla con el galeno, en cada una de las innumerables veces que se fue llevada con diferentes parasitólogos para su consulta, ¿sano interés por los anélidos o sustento de una aversión nueva?

18. Descubrir que hay un juego de té nuevo bajo una cama, no decir nada y recibirlo como traído por el Niño Dios unos días después, ¿solidaridad ante la ingenuidad de los padres o enfrentamiento a una primera versión de engaño?

19. Después de un ataque de asfixia de la madre enferma, llevarle un té endulzado con azúcar y jabón, ¿distracción momentánea o principio de venganza?

20. En medio de un caos familiar, pedir ayuda a los nueve años a la sobrina de siete para limpiar algo y recibir una negativa rotunda justificada porque está viendo Supermán en la televisión, ¿reconocimiento de que Superman es más importante que cualquier mortal o inicio del odio a la familia?

21. Cortarse un dedo con un cuchillo mientras se intenta partir una lima y luego de ver la fruta manchada de sangre, meter la mano en el agua de la pila y ver cómo se tiñe de rojo, todo esto sin avisar a nadie, a los cinco años, ¿educación visual o principio masoquista?

22. Preparar en la licuadora de pilas recibida por Navidad de parte de la madrina Lolita, un licuado de Seven Up con Chocomilk ¿nacimiento de una gourmet o condicionamiento social?

23. Entrar a la escuela primaria a los cinco años ya sabiendo leer y escribir, ¿alto coeficiente intelectual o castigo?

24. Mientras se hace del baño, quedarse viendo cómo una hormiga recorre los cuadritos del azulejo del piso, ¿observación del comportamiento animal o falta de placer anal?

25. Cortarse la lengua a los tres años por haberse caído sobre el garrafón de agua y haberse encajado la corcholata azul, ¿accidente o grito mudo?

26. Dormir con la madre hasta los catorce años, ¿codependencia o incesto premeditado?

27. Llorar escondida en el baño porque le pegaron a la sobrina, ¿creencia de violación de los derechos de los niños o envidia?

28. Prestar la muñeca de trapo favorita a la vecina desposeída y no decir nada cuando ésta afirmo que le había sido regalada, ¿corazón magnánimo o búsqueda del rencor?

29. A los nueve años no hacer caso a la amiga de la madre quien afirma que comer muchos limones provoca que los senos no crezcan, ¿mente objetiva o desafío a la naturaleza?

30. A los diez años y después del sarampión recibir en pijama al guapo compañero de escuela que vino a traer los libros de texto nuevos, ¿indiferencia ante el qué dirán o signo de atolondramiento pertinaz?

31. Escribir todo esto, ¿lavado de conciencia o exhibicionismo?


lunes, 2 de febrero de 2026

La extrañeza de un universo sobrecogedor

 

Reseña de Relámpago de asombro, por José Ignacio Fernández Dougnac 


 

Publicada en el suplemento Los diablos azules, de InfoLibre, el 01 de marzo de 2023.

https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/extraneza-universo-sobrecogedor_1_1440450.html

En 1948 Alejo Carpentier, en su reacción contra el surrealismo europeo, publica su conocido artículo sobre «lo real maravilloso» en El Nacional de Caracas, el cual más tarde transformaría en el prólogo de El reino de este mundo (1949). Allí demuestra que la singularidad del contexto sociocultural sudamericano («lo real») crea un universo tan genuino («lo maravilloso») que su expresión se concibe dentro de la fantasía o lo quimérico. Tal ambiente únicamente puede ser captado y plasmado a través de la «revelación» o de una «fe» que presupone «una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad». Más tarde, este concepto se matizaría o derivaría en lo que se ha denominado «realismo mágico».

Algún sector de la crítica ha discernido las características de uno y otro alumbramiento literario. Lo «real maravilloso» emana, en esencia, de una singularidad cultural y telúrica, que se muestra prodigiosa por su ancestral complejidad, reflejando unos hechos que se distancian de lo estrictamente racional y se instalan en lo cotidiano, de manera que lo natural sería lo que catalogarían otras culturas de extraño, raro, sobrenatural o inverosímil. En cambio, el «realismo mágico», que aflora sobre 1960 y 1970, parte de una carga más literaria y procede no tanto de lo colectivo sino, sobre todo, del imaginario individual, aunque éste se fundamente en determinas parcelas de una cotidianidad percibida. Mientras que en el primero la extrañeza emana de un universo sobrecogedor, el segundo surge de la misma escritura y se asienta en una estricta literariedad. En este sentido, la obra de Juan Rulfo sondea los factores maravillosos que emanan del campesinado mexicano, en tanto que un cuento como «Historia verídica», de Julio Cortázar, ejemplificaría la manera en que la creación personal transforma lo ordinario en inusual, lo anodino en vislumbre ilusorio. Ambas tendencias se han ido entrelazando hasta fusionarse y convertirse en idéntico fenómeno o en las dos caras de una misma moneda que, sin lugar a dudas, en palabras de Alejo Carpentier, son «patrimonio de la América entera».

La narradora Alana Gómez Gray, nacida en Jalisco, aprovecha este inmenso caudal a la vez que aporta características de otras corrientes potenciando el papel determinante que juega la experiencia, la memoria y el inconsciente para acomodar la fantasía, su propia fantasía, al diseño de cada ficción. Al conjugar la dimensión íntima con una perspectiva cívica nunca pierde la dimensión de lo estrictamente real en cualquiera de sus facetas. Por tanto, sería inadecuado encajonar la escritura de Gómez Gray dentro del realismo mágico sin más. Aunque bebe sin duda de esta vasta tradición, su proyecto creativo alcanza otros horizontes, en tanto que se alimenta del recuerdo y de las sensaciones para realizar su peculiar reescritura de la vida, para sondear espacios de la conciencia sin desvincularlos de parcelas antropológicas muy enraizadas con la función de las mujeres dentro de la cultura y costumbres mexicanas, y, en consecuencia, para profundizar, con un fino sentido crítico y de denuncia, en un entorno social muy determinado. Por todo ello, han sido destacadas las huellas de escritoras como Elena Garro e Inés Arredondo, así como la pintura surrealista de Remedios Varo, por citar solo varios ejemplos.

Desde que en 1999 comenzara su trayectoria con el libro de relatos Larva de serafín (Tierra Adentro, Consejo Nacional para la Literatura y las Artes), al que siguió La Fortaleza (Premio Nacional Efraín Huerta, Tampico, México, 2005), Alana Gómez Gray ha ido macerando con lentitud su propia cosecha narrativa, potenciada por su continua labor investigadora que se ha ido centrando en la vertiente social del acto literario y en las dinámicas de poder conjugadas con relevantes enfoques feministas. Ahora, con Relámpago de asombro (Granada, 2022), se presenta, por primera vez, en el panorama de nuestras letras. Dividida en cuatro partes (Desde el corredor, Patio y traspatioDe cielo y tierra Las afueras), junto con un Epílogo y un Glosario, nos encontramos ante una obra rotunda, bien trabajada, con oficio, desarrollando siempre lo esencial y tan cargada de inteligentes sugerencias que, en consecuencia, es muy digna de ser tenida en cuenta.

El título está extraído de la última composición, Compañía. Merece la pena reproducir el fragmento, pues refleja a la perfección el tono que ha dominado en todos los relatos y microrrelatos que componen el libro. Nos dice así la voz de la protagonista:

«Mi excelente desempeño en esa aula me condujo a otra escuela donde la situación fue similar, aunque me permitió conocer una gran cantidad de variables de la crueldad salpicada de relámpagos de asombro».

A través de esta mezcla de «crueldad» y «asombro», de belleza y dolor, de sensualidad y denuncia, ternura y daño, Alana Gómez Gray logra que esos «relámpagos» prendan e iluminen la sensibilidad lectora. Mediante la escritura, ordena, o mejor, moldea el fluir de los sueños y los recuerdos, en suma, de la realidad más honda e inalcanzable, creando, gracias a un esmerado sentido de la concisión, otra realidad que no se aleja de lo vivido ni en su plenitud ni en su angustia. Por tanto, nuestra autora nunca escribe a ciegas dejándose llevar por los meandros de lo imaginario, pues siempre sabe a dónde se dirige y hacia dónde nos lleva. Existe un firme control en cada uno de sus relatos, lo mismo que en la compacta estructura que cohesiona el libro en su integridad, cincelado todo con la precisión de un cofre. Por ello, en más de un momento, notamos que se pone en práctica una de las célebres máximas que Horacio Quiroga estableció en su Decálogo del perfecto cuentista: «No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas». Basta con extraer algunas muestras, seleccionadas al azar, para para comprobar esto último. Desde el principio del relato, Gómez Gray sabe captar nuestra atención de manera fulminante, igual que si nos abriera de súbito una puerta para empujarnos de golpe hacia territorios ignotos. Así es, por ejemplo, el arranque del cuento Del mismo modo: «Cuando tenía cerca de cinco años, le tocó ser testigo de un hecho, monstruoso por haber sido realizado en su presencia»; o de En el guayabo: «A veces sucedía que el sueño es muy delgadito, como papel de china azul, casi transparente»; o de Lectura: «La mujer pasea su cicatriz por la plaza». De esta forma, universos tan inasibles como incompresibles nos resultan cercanos y, a veces, terriblemente atrayentes. Como atinadamente ha apuntado Antonio Chicharro

«Se trata de una escritura que, lejos de remitir a lo real con los procedimientos discursivos habituales del realismo, da cauce y formaliza, en un discurso pulcra y minuciosamente tallado, una serie de imágenes e ideas que nutren historias elaboradas por el flujo de la conciencia, espacio este donde cada persona es y en el que confluye lo social y lo individual, lo cultural y lo natural, la experiencia y la imaginación, la memoria y el inconsciente».

Al transitar por las cuatro secciones que conforman Relámpago de asombro, igual que sucedía en La Fortaleza, la obra anterior de nuestra escritora, nos percatamos de que, página tras página, recorremos algo parecido a un gran caserón, con sus estancias, su patio y su traspatio, pero también de que vamos transitando un espacio de límites imprecisos cuyos contornos y alrededores solo son perfilados por la imaginación de quien lee. Conforme seguimos avanzando cumplimos un itinerario que se dirige de adentro a afuera, desde el «corredor» a «las afueras», desde el cobijo al desamparo, transmutándose, a su vez, en un simultáneo recorrido temporal que parte de la inocencia y se adentra poco a poco en la realidad más cruel e inmisericorde. El texto prologal funciona a manera de antesala o zaguán. Nos sitúa ante una atmósfera que reside más allá del tiempo, en el origen. «No sé qué edad tengo […]», son las palabras iniciales, el primer «relámpago» que fulgura en este libro, para proseguir: «Debo de ser muy pequeña porque me visten y me peinan […]». Y más adelante: «A la par, debo ser muy mayor puesto que mi cabeza está llena recuerdos imágenes y voces».

En efecto, la infancia («la agilidad de la infancia»), la constante presencia femenina, la imponente influencia de la madre («la única figura no mudable en su infantil paisaje donde los hermanos cambian de fisonomía con rapidez»), así como las relaciones familiares, de vecindario y amistad, con sus múltiples matices, son los otros elementos temáticos que articulan estos treinta y tres relatos. Como contraste, la silueta del padre se yergue igual que el «monstruo que debía de estar confinado», el carcelero que, aun sin existir, prosigue sometiendo a quienes lo rodean con sus férreos preceptos. Estos delgados hilos de plata que van trabando las diversas piezas de Relámpago de asombro se refuerzan mediante la aparición de algún personaje que salta de una trama a otra. Lo mismo que se enriquecen gracias a la soltura con que nuestra autora cambia de perspectiva narrativa según las necesidades intrínsecas de cada texto: de la divina potestad de la omnisciencia pasa a la confesionalidad de la primera persona y a la imprecación de la segunda. A través de todo ello, Alana Gómez Gray nos va trazando la maravilla del mundo con idéntica naturalidad con que logra asomarnos a las mismas entrañas del infierno, tal y como sucede con el texto más largo, Fosa común, donde la metáfora de la antropofagia sirve para elaborar un terrible alegato contra la mendicidad infantil. Cada relato encierra esa tensión interna que propugnaba Raymond Carver. No se trata, pues, de huir de una realidad por medio de la fantasía sino de articular unas apariencias supuestamente prodigiosas para ahondar sin concesiones en la verdad misma del ser y de la colectividad. Como ha afirmado nuestra autora:

«Podría añadir que [Relámpago de asombro] es como una red. De su eje manan líneas paralelas y perpendiculares: hay asuntos recurrentes, situaciones de un texto que se complementan en otro, personajes cuyo papel puede terminar o no dentro de una de las historias. Es un entramado de motivos y efectos». 

A todo lo expresado habría que sumar la sutil veta metaliteraria que salpica estas páginas y que merece ser tenida muy presente. A través de las niñas humilladas de Lectura se articula una libre y sagaz interpretación del célebre íncipit cervantino («En un lugar de la Mancha…»), de lo que se desprende otra de las características de esta obra: la sutil ironía con la que son abordadas ciertas situaciones. Del mismo modo, textos como Bendición Compañía resaltan la capacidad transformadora del «misterio de las letras». Fuegos fatuos encierra un hermoso homenaje a Bécquer, en el cual se nos revela que donde mejor se manifiesta la maravilla es a través de la literatura; y del comienzo de Galafre destella un cálido guiño al dinosaurio de Monterroso.

«Si me concentro en las sensaciones que guardo —expresa la autora en el Epílogo—, aparecen palabras cuyo uso me seduce: cilicio, piel aroma, incertidumbre, sábanas, flores […]». Esta seducción que ella tiene por la lengua es la misma que sentimos al paladear cada una de estas páginas, pues disfrutamos de aquello mismo a lo que aspiraba Baudelaire: del «milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo, ni rima, lo suficientemente flexible y dura como para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño y a los sobresaltos de la conciencia». Sólo que en nuestro caso, Gómez Gray incorpora un acento de mesurada oralidad con el que refuerza la dimensión de lo narrativo, nos aproxima aún más a sus objetivos, a sus propias sensaciones, y por medio del cual quedamos con tal fascinación como si volviéramos a escuchar un cuento frente al fuego. Para concluir, he de destacar el papel desempeñado por esas pequeñas editoriales independientes (tal es el caso de la granadina Esdrújula Ediciones), que navegan en solitario y que, desde las periferias del mercado, dejándose guiar con libertad y valentía por un impecable olfato literario, nos dan gratas sorpresas como esta: la de conocer a escritoras tan lúcidas, certeras y atrayentes como Alana Gómez Gray.

Reseña de Relámpago de asombro, por Ioana Gruia

 

Reseña de Relámpago de asombro, escrita por Ioana Gruia. 



 

Publicada en el suplemento Los diablos azules, de InfoLibre, el 19 de abril de 2023

https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/rafagas-asombro_1_1477707.html

Relámpago de asombro es, desde su título, un puro relámpago de asombro. Se trata de un título especialmente afortunado, que reúne las ráfagas de belleza e iluminación (relámpagos) con un rasgo definitorio de la literatura y la vida: el asombro. Es además un título elegante, a la vez íntimo y sonoro, que acierta en su tono. Los textos aquí reunidos son herederos de la mejor tradición fantástica y a la vez la mejor tradición realista del cuento, porque hay a mi entender un tratamiento de lo fantástico que sigue la idea de Cortázar de que lo fantástico necesita, para ser eficaz, un desarrollo temporal ordinario, una yuxtaposición con lo habitual, unas estrategias literarias propias del realismo.

En Relámpago de asombro se narra lo insólito como si fuera la cosa más natural del mundo, con un tono íntimo, cotidiano. Si antes hablaba de la mejor tradición fantástica y realista del cuento incorporada, creo que hay que decir lo mismo de la novela, y me explico enseguida. En el libro de Alana Gómez Gray, las situaciones y los personajes (niñas conmovedoras, desamparadas, desorientadas, dudosas, tiernas, niñas que de repente tienen la revelación de su doble, niñas dulceras, niñas que se agarran a relámpagos de asombro y madres amorosas o a veces endurecidas o ausentes) se describen al mismo tiempo con ternura, con una ternura inteligente y con la crudeza que implica explorar los abismos. En este sentido podríamos hablar de dos líneas que representarían por ejemplo dos gigantes como Flaubert Galdós: el primero es magníficamente despiadado con sus personajes mientras que el autor de Fortunata y Jacinta tiene piedad de sus personajes, los salva de alguna manera.

En este libro, los personajes que se salvan lo hacen a través de las ráfagas, los relámpagos de asombro. Pero a veces no pueden salvarse, en sentido literal, no figurado, como los niños del estremecedor relato Fosa común, obligados por el hambre a alimentarse de los muertos, «niños solos y hambrientos que se habían convertido en cementerios». El mundo de la infancia, en especial de las niñas, atraviesa todo el libro y el tratamiento de lo fantástico es en este sentido especialmente singular. De hecho, Alana Gómez Gray subraya en una reciente entrevista que el hilo conductor de Relámpagos de asombro «es el de la niñez, enmarcada en una espacialidad simbólica». Es una niña, Eloísa, quien tiene la revelación física de su doble en el cuento titulado Dualidad, un texto cuyo comienzo magnífico voy a citar como ejemplo de lo que Cortázar llamaba el efecto del knockout del cuento: «Eloísa dejó de serlo cuando tendría unos tres años». Se trata de un registro fantástico del tema/mito del doble enmarcado en unas coordenadas muy precisas:

«Una noche en que su madre no estaba en casa, Eloísa, como siempre, se despertó. Se supo en libertad aunque permaneció sin realizar el mínimo movimiento. Entonces, su pequeña manta de cuadros rosa y blancos se puso totalmente lisa y flotó a unos centímetros sobre la quietud de su cuerpo. Eloísa se vio a sí misma sentarse en el borde del colchón, tomar la cobija y mantenerla paralela al suelo, como una especie de alfombra mágica, para subirse a ella y salir por la obertura, volando despacio».

Todos los niños y todas las niñas sueñan con volar. Que Eloísa, con tres años, se vea a sí misma subirse a la manta de cuadros rosas y blancos como a una alfombra mágica y salir volando por la ventana es algo que puede pertenecer al registro de lo fantástico pero se narra con impecable realismo, porque hay una realidad otra en la que Eloísa puede perfectamente verse a sí misma realizar esta magnífica proeza. Cabe subrayar que los detalles visualizados de manera muy minuciosa (como la manta de cuadros rosas y blancos) son importantísmos. El estilo es una cuestión de visión, nos recuerda Proust, y la ternura una forma de clarividencia, y ambas afirmaciones se cumplen en Relámpagos de asombro.

Desde la cama, Eloísa se ve a sí misma cruzar el umbral de la ventana y esta escena es clave: «Se incorporó a la par que comprendía lo innecesario de aparentar ante sí misma estar dormida. Ya era tarde: cruzaba el umbral de la ventana». ¿Qué significa cruzar el umbral de la ventana? Significa justamente un relámpago de asombro, de tener acceso al «otro lado» de Cortázar, un otro lado accesible al doble, un otro lado que requiere del muy cortazariano elemento del pasaje. Eloísa cruza el umbral de la ventana como si se tratara de una acción cotidiana, íntima y a la vez un acto de afirmación de lo maravilloso que irrumpe en la realidad habitual, de eso que comúnmente llamamos realidad. Eloísa contempla a su doble desde el asombro alborozado ante la misteriosa belleza de la vida que le permite pasar el umbral de la ventana. Y aquí interviene algo crucial: para cruzar el umbral de la ventana, la frontera entre lo cotidiano y lo fantástico, hay que entrenarse en la convocación de lo maravilloso. Eso es lo que hace Eloísa al despertarse todas las noches: convocar a su doble, a la niña capaz de subirse a una manta de cuadros (rosa y blancos, no lo olvidemos) y a despegar volando como en la alfombra mágica de una infancia que funciona como refugio seguro en la memoria. 

En este libro, muy sensorial, que convoca la vista, el olfato, el tacto, el oído y el gusto, las palabras tienen sabor y piel, brillan, participan de lo fantástico y se acarician como si fueran pequeños animales dormidos. Es un libro magnífico, muy tierno y también muy duro, en el que nos deslizamos por la superficie pulida del lenguaje y participamos del asombro del mundo, de los destellos de belleza en los que reside la felicidad, del delicado e importantísimo equilibrio entre la lucidez y los sueños, la inteligencia y la emoción. Participamos en definitiva de los relámpagos de asombro, de un libro que nos ilumina y nos asombra.

Relámpago de asombro en el conjunto de mi obra

 Relámpago de asombro en el seno de la obra narrativa de Alana Gómez Gray, por Antonio Chicharro

Publicado en Revista Letral. Estudios Trasatlánticos de Literatura. Número 31, pp. 233-247, 2023. 

https://doi.org/10.30827/rl.v0i31.26413


 

RESUMEN

Estudio de aproximación a la obra narrativa de la escritora mexicana Alana Gómez Gray, con inclusión de datos biobibliográficos de la autora y presentación de sus dos primeros libros Larva de serafín (1999) y La Fortaleza (2005), Premio Nacional Efraín Huerta, más una introducción a la lectura de su tercera obra, Relámpago de asombro (2022), esta publicada en España. Se trata de una original escritura de imaginación fraguada en la forma dominante del relato que impone en su lectura una suspensión de las especulares claves de lo real, con un cuidado estilo y elaborados finales de las agudas historias que pueblan los relatos.

Palabras clave: 

Alana Gómez Gray, Relámpago de asombro, literatura mexicana, narración, literatura de imaginación

Reseña de Relámpago de asombro

 

Reseña de Relámpago de asombro, por Francisco Castaño 


 

 

 

Nos pone ante los ojos,

La niña Alana,

El misterio y el gozo

Con que la infancia

Teje el recuerdo:

Relámpago de asombro

Que hacemos nuestro.

Meditaciones (intervenidas), Libro V, 1-25

 


 

1

 Por la mañana, cuando sintieses pereza al levantarte, piensa: yo me levanto para cumplir con los oficios propios de un ser humano. ¿Me desazonare, pues, si voy a ejecutar aquello para lo que nací, para lo que vine al mundo? ¿A esto fui formada, para arrellanarme en la cama, caliente entre mis cobertores? –“Pero esto”, dirás, “es más agradable”–. ¿Fuiste formada, entonces, para solazarte? Y, en suma, ¿naciste para la pasividad o para la actividad? ¿No ves cómo las plantas, los pájaros, las hormigas, las arañas, las abejas, tienen cada cual su tarea propia y contribuyen, a su vez, al buen orden del mundo? Entonces tú, ¿no querrás hacer lo que incumbe a la mujer? ¿No te apresurarás a poner por obra lo que se conforma con tu naturaleza?

–Conviene, con todo, descansar–. Conviene: de acuerdo. Pero la naturaleza prescribió sus límites al reposo, como en el comer y el beber. Y tú, ¿no traspasas los límites más allá de lo que es menester? Conviene obrar, y tú no sólo no cumples tu deber, sino que te quedas más atrás de lo que pueden tus fuerzas. No te amas de veras a ti misma. Si en realidad te amases, amarías tu naturaleza y tu destino. Otras que tienen pasión por su oficio, se consumen en el ejercicio de sus obras, sin bañarse apenas y sin comer. ¿Mas tú, cuentas menos con tu naturaleza que la torneadora con su arte, la bailarina con su danza, la avara con su plata, la vanidosa con su gloria? Éstas, una vez poseídas por sus aficiones, no quieren comer ni dormir, sino más bien, acrecentar el objeto de sus esfuerzos, según sus posibilidades. Ahora bien: a ti ¿te parecerán las acciones útiles a la sociedad, inferiores y merecedoras de menor atención?

2

¡Cuán fácil es sacudir y destruir de la fantasía toda idea o importuna o extraña, y recobrar al punto la calma íntegra!

3

Júzgate digna de toda palabra y de toda acción que no desdiga de la naturaleza. No te dejes desviar por las consiguientes censuras o razonamientos de algunas personas; antes bien, si es noble hacer o decir una cosa, no te desdeñes de ella. Esas personas tienen su peculiar juicio y se dejan llevar por sus personales instintos. Mas tú, hermana, no te desazones por ello, antes bien, sigue el recto camino guiado por tu propia naturaleza y por la naturaleza universal. Ambas siguen una ruta común.

4

Recorro las diversas etapas de la naturaleza sin parar hasta que, caída, descansaré entregando mi aliento a este aire que respiro todos los días, convirtiéndome en la tierra de donde mi padre recogió mi germen, mi madre mi sangre, mi nodriza su leche; la tierra que me da todos los días, por tantos años, el alimento y la bebida, que me sostiene mientras camino, y que tanto me aprovecha.

 5

¿No puede admirarse en ti la agudeza de ingenio? Sea: pero tendrás otras cualidades, por las cuales no podrás disculparte, mujer, alegando: fui mal dotada. Conquístalas, pues, que dependen únicamente de tu arbitrio; la inalterabilidad, la gravedad, la resistencia, la continencia, la aceptación del destino, la moderación de los deseos, la benevolencia, la libertad, la sencillez, la seriedad, la magnanimidad. ¿No comprendes cómo podrías adquirir ahora estas cualidades, sin escudarte con el pretexto de una incapacidad natural o de insuficiente aptitud? Y en tanto, permaneces deliberadamente por debajo de tus posibilidades.

¿Acaso cuando murmuras de la vida, cuando te ases a ella, cuando te ensoberbeces, cuando buscas complacerte, cuando alardeas presuntuosamente, cuando tu alma experimenta todas estas oscilaciones, lo haces obligada por cortedad de aptitudes naturales? Por las diosas, que no. Podrías, tiempo ha, librarte de estos males, acusándote únicamente, en todo caso, de una demasiada lentitud de espíritu, de una excesiva indolencia en fijar tu aplicación. Pero sobre todo conviene también ejercitarte en ello, sin preocuparte ni estar bien hallada con esta inercia espiritual.

 6

Alguna, cuando dispensa un beneficio a otra, está dispuesta a tener en cuenta calculadamente este favor. Esta otra no intenta obrar de esta guisa; considera empero a la favorecida dentro de sus adentros como una deudora y no se olvida del bien que le ha dispensado. Pero una tercera ha olvidado ya, en cierto modo, el favor que hizo: se asemeja a la viña que produce la uva y no reclama nada más después de haber producido el propio fruto, como el caballo que ha hecho su carrera, el perro que ha seguido su caza, la abeja que ha fabricado su panal. Así la mujer que favoreció a otra no debe intentar beneficiarse, sino pensar cómo le serviría otra vez, imitando a la vid que a su tiempo vuelve a llevar la uva.

–Según esto, ¿conviene ser como aquellas que, en cierto modo, hacen bien sin mirar a quién?

–Sin duda.

–Pero es necesario conocer lo que una hace, porque el oficio propio de un ser sociable es sentir que obra conforme a las leyes de la sociedad y ¡por Gea!, querer que su asociada asimismo llegue a sentirlo.

–Es verdad lo que dices; pero ahora interpretas mal el sentido. Vendrás a ser, por ello, como una de esas mujeres jactanciosas de que hablaba más arriba, pues también ellas se dejan engañar por ciertas apariencias de verdad. Si quieres, no obstante, entender bien el sentido de esta prevención, no temas que por esto omitas acción alguna útil a la sociedad.

7

La plegaria de las atenienses era de esta forma: “Riega, riega, amada Gea, los campos y los valles de las atenienses”. Y en verdad que, o no se debe rezar, o se debe rezar así, sencillamente, ingenuamente.

8

De la misma manera que suele decirse que Asclepios, hijo de Coronis, ordenó a uno la equitación, los baños fríos o el caminar descalzo, asimismo se debe entender cuando se dice: la naturaleza universal a ordenado a ésta una enfermedad, una dolencia, una mutilación o algo parecido. Porque allí la palabra “ordenó” significa, más o menos: la diosa ha asignado para tal enferma un tratamiento conducente a su sanidad. Y aquí: lo que acaece a cada una le ha sido asignado como correspondiente a su hado. Así debemos decir que estos acontecimientos que nos ocurren nos vienen bien, como suelen explicarse las albañiles que las piedras encuadren en los muros o en las pirámides, cuando armonizan mutuamente según tal o cual combinación. En suma, no hay más que armonía en todo, y de la misma manera que el mundo, este gran cuerpo, se completa con todos los cuerpos, así también el destino, esta gran cusa, se completa con todas las causas singulares.

Lo que digo lo comprenden hasta las personas más ignorantes, porque dicen: esto le llevó el hado. Si tal cosa le llevaba el hado, es que le estaba especialmente ordenado. Aceptemos estos hechos como las órdenes que dictara el hijo de Coronis. Muchas entre estas recetas son sin duda amargas; pero las aceptamos gustosamente esperando sanar. Estima el resultado y el cumplimiento de cuanto pareciere bien a la naturaleza universal, como lo que pasa tocante a tu propia salud. Abraza, por ello, todo lo que aconteciere, aun cuando parezca un tanto molesto, con la mira de que conduce a la salud del mundo, a la prosperidad y felicidad de las diosas. No hubieran éstas ordenado tal acontecimiento a esta mujer, si no fuese adaptado al buen orden del universo, puesto que ninguna naturaleza particular lleva algo que no cuadre al ser gobernado por ella.

Conviene, pues, por dos razones, contentarse con lo que ocurriere: la una, porque esto se hizo para ti, te estaba ordenado, se te así, en cierto modo, desde lo alto, encadenado a causas muy principales; lo otro, porque esto que a cada una acaece en particular contribuye a la prosperidad, a la perfección, y, ¡por Gea!, a la existencia misma de aquella que todo lo gobierna. Y en verdad, el universo vendría a quedar mutilado si se le desconcertase un poco de la conexión y contigüidad tanto de sus causas cuanto de sus partes. Y tú quiebras este enlace, por lo que te incumbe, cuando te disgustas con los acontecimientos y, en cierto modo, los anulas.

9

Hermana, no te desazones, ni desfallezcas, ni te impacientes, si no logras comportarte íntegramente según los principios rectos de la filosofía; antes bien, al sentirte fracasada, vuelve a embestir de nuevo y acéptalo todo de buen grado, con tal que el mayor número de tus acciones se conforme con la obligación de un ser humano. Abrazada de veras a tu resolución, no te entregues a la filosofía como la niña a una maestra de escuela, sino como las que sufren de la vista se sirven de la esponja y la clara de huevo o, como otras enfermas, de la cataplasma y de la loción. De esta forma, no alardearás de una forzada obediencia a la razón, antes bien, sentirás holgura en adherirte a sus dictámenes. Ten presente que la filosofía no quiere sino lo que quiere tu naturaleza, mientras tú quisieras otra cosa, opuesta a ella. ¿Y qué puede haber más agradable que seguirla? ¿Pues el placer no nos engaña, acaso, con este mismo cebo del gusto? ¡Ea!, examina, pues si no serán cosas más placenteras la magnanimidad, la libertad, la rectitud, la benevolencia, la piedad. Y en cuanto a la sabiduría, ¿hay algo más agradable, si se piensa qué seguridad, qué prosperidad procura en todas las ocasiones la facultad de la observación y de la inteligencia?

10

Las cosas están recubiertas, a la verdad, de una tal veladura, que a no pocas filósofas y no de las recién llegadas, han parecido del todo incomprensibles; aun las y los mismos estoicos, las juzgan por lo menos difíciles de comprender. Y es que todo asenso nuestro está sujeto a errar. ¿Dónde hallarás uno que sea inmutable? Da un paso, mujer, hacia los mismos objetos que caen bajo nuestro conocimiento: ¿cuán efímeros son, viles, capaces de pasar al dominio de una libertina, de una malhechora! Después de esto, pasa a las costumbres de aquellas con quienes vives: la más cortés de todas es difícilmente aguantable, por no decir que apenas puede ella soportarse a sí misma.

En medio de esta oscuridad, de este fango, de este tan rápido flujo de la sustancia, del tiempo, del movimiento y de las cosas movibles, ¿hay algo digno de honda estima, y aun de atención para conseguirlo? Yo no lo veo. Por el contrario, conviene exhortarse una a sí misma a esperar su natural disgregación, y no llevar a mal que ésta se demore, confiándose a estos dos únicos principios: primero, nada me ocurrirá que no sea conforme a la naturaleza universal; segundo, tengo yo en mi mano el no hacer cosa alguna contraria a mi interés y mi genio. Puesto que nadie me forzará a violar mi voluntad.

11

¿Qué uso hago, pues, en este instante de mi alma? En cada una de mis acciones me formularé esta pregunta y examinaré qué cosa tengo ahora en esta parte de mí misma que se llama recto juicio, y en qué estado tengo mi alma al presente. ¿Acaso en el de una niña, de una joven, de una mujerzuela, de una tirana, de una jumenta, de una fiera?

12

Cuál sea la naturaleza de aquellas cosas que en el concepto del vulgo se estiman como bienes, podrás colegirlo de esto que diré ahora.

Supongamos que una mujer repute por verdaderos bienes hacia cosas existentes, como la sabiduría, la templanza, la justicia, la fortaleza. Después de haber hecho de antemano el debido concepto de estas virtudes, no podría ella oír aquel verso: “Posee tantas riquezas…”. Pues tal cosa no le cuadraría. Si, por el contrario, una considerase anteriormente como bienes las cosas que el vulgo reputa por tales, oiría plenamente y aceptaría con facilidad las palabras de la poeta cómica. ¡Tanta es la diferencia de bienes a bienes, que imagina la muchedumbre! Qué, a no ser así, el verso no chocaría tanto ni disonaría, cuando, en tratándose de la riqueza y de los honores conducentes al lujo o a la ambición, acogemos entonces estas palabras como traídas con propiedad y agudeza. Prosigue, pues, analizando si es conveniente reputar por buenas estas cosas que, de antemano examinadas, conducirían a esta evidente conclusión: su poseedora es tan rica “que no sabe dónde solazarse”.

13

Estoy compuesta de causa formal y materia. Ninguno de estos elementos será reducido a la nada, del mismo modo que tampoco ha salido de la nada. Pues cada parte de mi ser tendrá asignado otro lugar, mediante la transformación en otra parte del mundo; y de nuevo, ésta se transformará en otra parte del universo, y así continuará la sucesión hasta la eternidad. Por esta vía de transformación tuve yo principio, y lo mismo mi madre y mi padre, y por su orden, otras personas, hasta remontarnos así al infinito. Nada se opone a que esto parezca verdad, por más que se divida el gobierno del universo en periodos limitados.

14

La razón y el arte de razonar, hermana, son ciertas facultades que se bastan a sí mismas y a las operaciones que les incumben. Empiezan a obrar por un principio propio; y caminan derechamente al fin que se han propuesto. Por esto tales acciones se llaman catorthoses o acciones rectas, vocablo que refleja lo recto del camino que siguen.

15

No conviene que la mujer cumpla nada de lo que no le convenga a la mujer, por razón de tal. No son cosas que se deban exigir a la mujer; la naturaleza de la mujer no se las promete; no son perfecciones de la naturaleza humana. No es menester tampoco que la mujer cifre en ninguna de ellas su fin, ni –lo que remata el fin– su bien. Además, si alguna de estas cosas fuera conveniente a la mujer, fuerza sería no despreciarlas ni rebelarse contra ellas; no podría aprobarse a la mujer que diera señales de necesitarlas, y menos sería mujer recta la que se limitar a una sola, dado que ellas fuesen bienes.

En realidad, cuanto más se despoja una de estas cosas y otras idénticas, mejor aún, cuanto con más paciencia se soporta esta expoliación, tanto más credito adquiere de mujer de bien.

16

Tu inteligencia será cual la hagan tus ideas habituales; pues el alma queda imbuida de sus ideas. Impregna, así, la tuya con una abundancia de pensamientos como éste: allí donde se puede vivir, es posible también vivir bien. Pero se puede vivir en la corte; luego se puede vivir bien en la corte. Y asimismo: cada ser tiende hacia el fin por el cual y en vista del cual fue creado. En ajustarse a tal inclinación consiste el fin; y en el fin están cifrado el interés y el bien de cada una. Luego el bien propio de una viviente racional es la sociedad, puesta que está demostrado desde hace tiempo que para ella nacimos. ¿No es también evidente que lo inferior ha sido creado por causa de lo superior y lo superior con respecto entre sí? Luego, los seres animados son superiores a los inanimados, y los racionales a los simplemente animados.

17

El perseguir imposibles es locura, mujer. Y es imposible que las malvadas no cometan tales acciones.

18

Nada ocurre a la mujer que no pueda sobrellevarse naturalmente. Lo mismo puede ocurrir a otra, y sea que ignore lo que pasó, sea que quiera hacer ostentación de magnanimidad, se está firme y sin lesión. ¿No es sorprendente que la ignorancia y el deseo de complacer puedan más que la sabiduría?

19

Hermana, las cosas no tienen por sí mismas contacto alguno con el alma; no tienen acceso al alma; no pueden modificarla ni ponerla en movimiento. Ella sola se modifica y se pone en movimiento por sí misma, y hace tales los sucesos que se le ofrezcan cuales fueron los dictámenes que ella estimó dignos de sí misma.

20

Por cuanto la mujer es un ser estrechamente allegado a nosotras, en tanto debemos hacerle bien y sufrirla con paciencia. Pero en cuanto algunas personas se nos oponen en el cumplimiento de nuestros deberes, ya esa gente baja a la categoría de los seres que me son indiferentes, como el sol, el viento, la bestia. Estos objetos pueden obstaculizar en algún modo mi actividad, pero mi empeño y mis aptitudes internas no conocen trabas, gracias a mi facultad de economizarme y derribar los obstáculos. Puesto que la inteligencia deriva y desplaza, ante el fin que la guía, todo impedimento de su actividad. Lo que estorbaba su buena acción, le sirve de medio para aventajar; lo que cortaba su camino, la ayuda a avanzar. 

21

Honra lo que hay de más excelente en el mundo; aquello que beneficia de todo y vela por todo. Honra igualmente lo que hay en ti de más aventajado: y es esto homogéneo en un todo con lo primero. Que esto es lo que se sirve de las obras cosas, por medio de ti, y gobierna tu vida, hermana.

22

En teoría, lo que no es nocivo a la ciudad, no perjudica tampoco a la ciudadana. Cuantas veces te viniere la sospecha de que te han perjudicado, sírvate de regla esta verdad: si esto no perjudica la ciudad, tampoco yo he sido perjudicada.

—Pero si la perjudica, ¿no hay que irritarse contra quien perjudica la ciudad?

—¿Y por qué no le das a entender su error?

—¿Me escuchará?

23

Considera muy a menudo la rapidez con que los seres existentes y los acontecimientos ocurren y se nos arrebatan. Porque a la verdad, la substancia, como un río, está en curso constante; las energía, en perpetua mutación; las causas, sujetas a innumerables alteraciones; casi no hay cosa estable. Y he ahí, a dos pasos, el abismo infinito del pasado y del futuro, en donde todo se desvanece. ¿No se reputará por loca la mujer que ante tal espectáculo se enorgullece, se encrespa o se lamenta, como si alguna adversidad le importunara por tan breve espacio o aunque fuese por más tiempo?

 24

Piensa, hermana, en la totalidad de la substancia de la cual participas en muy pequeña proporción; y en la totalidad del tiempo, del cual te ha cabido un intervalo breve, infinitamente exiguo; y en el destino, del cual eres una parte mínima.

25

¿Comete alguien una falta contra mí?

Labores de mujer

 Con motivo del Día Internacional de la Mujer Trabajadora de 2026, tuve la ocasión de exponer mi obra textil en las instalaciones de la Escu...