lunes, 2 de febrero de 2026

Meditaciones (intervenidas), Libro V, 1-25

 


 

1

 Por la mañana, cuando sintieses pereza al levantarte, piensa: yo me levanto para cumplir con los oficios propios de un ser humano. ¿Me desazonare, pues, si voy a ejecutar aquello para lo que nací, para lo que vine al mundo? ¿A esto fui formada, para arrellanarme en la cama, caliente entre mis cobertores? –“Pero esto”, dirás, “es más agradable”–. ¿Fuiste formada, entonces, para solazarte? Y, en suma, ¿naciste para la pasividad o para la actividad? ¿No ves cómo las plantas, los pájaros, las hormigas, las arañas, las abejas, tienen cada cual su tarea propia y contribuyen, a su vez, al buen orden del mundo? Entonces tú, ¿no querrás hacer lo que incumbe a la mujer? ¿No te apresurarás a poner por obra lo que se conforma con tu naturaleza?

–Conviene, con todo, descansar–. Conviene: de acuerdo. Pero la naturaleza prescribió sus límites al reposo, como en el comer y el beber. Y tú, ¿no traspasas los límites más allá de lo que es menester? Conviene obrar, y tú no sólo no cumples tu deber, sino que te quedas más atrás de lo que pueden tus fuerzas. No te amas de veras a ti misma. Si en realidad te amases, amarías tu naturaleza y tu destino. Otras que tienen pasión por su oficio, se consumen en el ejercicio de sus obras, sin bañarse apenas y sin comer. ¿Mas tú, cuentas menos con tu naturaleza que la torneadora con su arte, la bailarina con su danza, la avara con su plata, la vanidosa con su gloria? Éstas, una vez poseídas por sus aficiones, no quieren comer ni dormir, sino más bien, acrecentar el objeto de sus esfuerzos, según sus posibilidades. Ahora bien: a ti ¿te parecerán las acciones útiles a la sociedad, inferiores y merecedoras de menor atención?

2

¡Cuán fácil es sacudir y destruir de la fantasía toda idea o importuna o extraña, y recobrar al punto la calma íntegra!

3

Júzgate digna de toda palabra y de toda acción que no desdiga de la naturaleza. No te dejes desviar por las consiguientes censuras o razonamientos de algunas personas; antes bien, si es noble hacer o decir una cosa, no te desdeñes de ella. Esas personas tienen su peculiar juicio y se dejan llevar por sus personales instintos. Mas tú, hermana, no te desazones por ello, antes bien, sigue el recto camino guiado por tu propia naturaleza y por la naturaleza universal. Ambas siguen una ruta común.

4

Recorro las diversas etapas de la naturaleza sin parar hasta que, caída, descansaré entregando mi aliento a este aire que respiro todos los días, convirtiéndome en la tierra de donde mi padre recogió mi germen, mi madre mi sangre, mi nodriza su leche; la tierra que me da todos los días, por tantos años, el alimento y la bebida, que me sostiene mientras camino, y que tanto me aprovecha.

 5

¿No puede admirarse en ti la agudeza de ingenio? Sea: pero tendrás otras cualidades, por las cuales no podrás disculparte, mujer, alegando: fui mal dotada. Conquístalas, pues, que dependen únicamente de tu arbitrio; la inalterabilidad, la gravedad, la resistencia, la continencia, la aceptación del destino, la moderación de los deseos, la benevolencia, la libertad, la sencillez, la seriedad, la magnanimidad. ¿No comprendes cómo podrías adquirir ahora estas cualidades, sin escudarte con el pretexto de una incapacidad natural o de insuficiente aptitud? Y en tanto, permaneces deliberadamente por debajo de tus posibilidades.

¿Acaso cuando murmuras de la vida, cuando te ases a ella, cuando te ensoberbeces, cuando buscas complacerte, cuando alardeas presuntuosamente, cuando tu alma experimenta todas estas oscilaciones, lo haces obligada por cortedad de aptitudes naturales? Por las diosas, que no. Podrías, tiempo ha, librarte de estos males, acusándote únicamente, en todo caso, de una demasiada lentitud de espíritu, de una excesiva indolencia en fijar tu aplicación. Pero sobre todo conviene también ejercitarte en ello, sin preocuparte ni estar bien hallada con esta inercia espiritual.

 6

Alguna, cuando dispensa un beneficio a otra, está dispuesta a tener en cuenta calculadamente este favor. Esta otra no intenta obrar de esta guisa; considera empero a la favorecida dentro de sus adentros como una deudora y no se olvida del bien que le ha dispensado. Pero una tercera ha olvidado ya, en cierto modo, el favor que hizo: se asemeja a la viña que produce la uva y no reclama nada más después de haber producido el propio fruto, como el caballo que ha hecho su carrera, el perro que ha seguido su caza, la abeja que ha fabricado su panal. Así la mujer que favoreció a otra no debe intentar beneficiarse, sino pensar cómo le serviría otra vez, imitando a la vid que a su tiempo vuelve a llevar la uva.

–Según esto, ¿conviene ser como aquellas que, en cierto modo, hacen bien sin mirar a quién?

–Sin duda.

–Pero es necesario conocer lo que una hace, porque el oficio propio de un ser sociable es sentir que obra conforme a las leyes de la sociedad y ¡por Gea!, querer que su asociada asimismo llegue a sentirlo.

–Es verdad lo que dices; pero ahora interpretas mal el sentido. Vendrás a ser, por ello, como una de esas mujeres jactanciosas de que hablaba más arriba, pues también ellas se dejan engañar por ciertas apariencias de verdad. Si quieres, no obstante, entender bien el sentido de esta prevención, no temas que por esto omitas acción alguna útil a la sociedad.

7

La plegaria de las atenienses era de esta forma: “Riega, riega, amada Gea, los campos y los valles de las atenienses”. Y en verdad que, o no se debe rezar, o se debe rezar así, sencillamente, ingenuamente.

8

De la misma manera que suele decirse que Asclepios, hijo de Coronis, ordenó a uno la equitación, los baños fríos o el caminar descalzo, asimismo se debe entender cuando se dice: la naturaleza universal a ordenado a ésta una enfermedad, una dolencia, una mutilación o algo parecido. Porque allí la palabra “ordenó” significa, más o menos: la diosa ha asignado para tal enferma un tratamiento conducente a su sanidad. Y aquí: lo que acaece a cada una le ha sido asignado como correspondiente a su hado. Así debemos decir que estos acontecimientos que nos ocurren nos vienen bien, como suelen explicarse las albañiles que las piedras encuadren en los muros o en las pirámides, cuando armonizan mutuamente según tal o cual combinación. En suma, no hay más que armonía en todo, y de la misma manera que el mundo, este gran cuerpo, se completa con todos los cuerpos, así también el destino, esta gran cusa, se completa con todas las causas singulares.

Lo que digo lo comprenden hasta las personas más ignorantes, porque dicen: esto le llevó el hado. Si tal cosa le llevaba el hado, es que le estaba especialmente ordenado. Aceptemos estos hechos como las órdenes que dictara el hijo de Coronis. Muchas entre estas recetas son sin duda amargas; pero las aceptamos gustosamente esperando sanar. Estima el resultado y el cumplimiento de cuanto pareciere bien a la naturaleza universal, como lo que pasa tocante a tu propia salud. Abraza, por ello, todo lo que aconteciere, aun cuando parezca un tanto molesto, con la mira de que conduce a la salud del mundo, a la prosperidad y felicidad de las diosas. No hubieran éstas ordenado tal acontecimiento a esta mujer, si no fuese adaptado al buen orden del universo, puesto que ninguna naturaleza particular lleva algo que no cuadre al ser gobernado por ella.

Conviene, pues, por dos razones, contentarse con lo que ocurriere: la una, porque esto se hizo para ti, te estaba ordenado, se te así, en cierto modo, desde lo alto, encadenado a causas muy principales; lo otro, porque esto que a cada una acaece en particular contribuye a la prosperidad, a la perfección, y, ¡por Gea!, a la existencia misma de aquella que todo lo gobierna. Y en verdad, el universo vendría a quedar mutilado si se le desconcertase un poco de la conexión y contigüidad tanto de sus causas cuanto de sus partes. Y tú quiebras este enlace, por lo que te incumbe, cuando te disgustas con los acontecimientos y, en cierto modo, los anulas.

9

Hermana, no te desazones, ni desfallezcas, ni te impacientes, si no logras comportarte íntegramente según los principios rectos de la filosofía; antes bien, al sentirte fracasada, vuelve a embestir de nuevo y acéptalo todo de buen grado, con tal que el mayor número de tus acciones se conforme con la obligación de un ser humano. Abrazada de veras a tu resolución, no te entregues a la filosofía como la niña a una maestra de escuela, sino como las que sufren de la vista se sirven de la esponja y la clara de huevo o, como otras enfermas, de la cataplasma y de la loción. De esta forma, no alardearás de una forzada obediencia a la razón, antes bien, sentirás holgura en adherirte a sus dictámenes. Ten presente que la filosofía no quiere sino lo que quiere tu naturaleza, mientras tú quisieras otra cosa, opuesta a ella. ¿Y qué puede haber más agradable que seguirla? ¿Pues el placer no nos engaña, acaso, con este mismo cebo del gusto? ¡Ea!, examina, pues si no serán cosas más placenteras la magnanimidad, la libertad, la rectitud, la benevolencia, la piedad. Y en cuanto a la sabiduría, ¿hay algo más agradable, si se piensa qué seguridad, qué prosperidad procura en todas las ocasiones la facultad de la observación y de la inteligencia?

10

Las cosas están recubiertas, a la verdad, de una tal veladura, que a no pocas filósofas y no de las recién llegadas, han parecido del todo incomprensibles; aun las y los mismos estoicos, las juzgan por lo menos difíciles de comprender. Y es que todo asenso nuestro está sujeto a errar. ¿Dónde hallarás uno que sea inmutable? Da un paso, mujer, hacia los mismos objetos que caen bajo nuestro conocimiento: ¿cuán efímeros son, viles, capaces de pasar al dominio de una libertina, de una malhechora! Después de esto, pasa a las costumbres de aquellas con quienes vives: la más cortés de todas es difícilmente aguantable, por no decir que apenas puede ella soportarse a sí misma.

En medio de esta oscuridad, de este fango, de este tan rápido flujo de la sustancia, del tiempo, del movimiento y de las cosas movibles, ¿hay algo digno de honda estima, y aun de atención para conseguirlo? Yo no lo veo. Por el contrario, conviene exhortarse una a sí misma a esperar su natural disgregación, y no llevar a mal que ésta se demore, confiándose a estos dos únicos principios: primero, nada me ocurrirá que no sea conforme a la naturaleza universal; segundo, tengo yo en mi mano el no hacer cosa alguna contraria a mi interés y mi genio. Puesto que nadie me forzará a violar mi voluntad.

11

¿Qué uso hago, pues, en este instante de mi alma? En cada una de mis acciones me formularé esta pregunta y examinaré qué cosa tengo ahora en esta parte de mí misma que se llama recto juicio, y en qué estado tengo mi alma al presente. ¿Acaso en el de una niña, de una joven, de una mujerzuela, de una tirana, de una jumenta, de una fiera?

12

Cuál sea la naturaleza de aquellas cosas que en el concepto del vulgo se estiman como bienes, podrás colegirlo de esto que diré ahora.

Supongamos que una mujer repute por verdaderos bienes hacia cosas existentes, como la sabiduría, la templanza, la justicia, la fortaleza. Después de haber hecho de antemano el debido concepto de estas virtudes, no podría ella oír aquel verso: “Posee tantas riquezas…”. Pues tal cosa no le cuadraría. Si, por el contrario, una considerase anteriormente como bienes las cosas que el vulgo reputa por tales, oiría plenamente y aceptaría con facilidad las palabras de la poeta cómica. ¡Tanta es la diferencia de bienes a bienes, que imagina la muchedumbre! Qué, a no ser así, el verso no chocaría tanto ni disonaría, cuando, en tratándose de la riqueza y de los honores conducentes al lujo o a la ambición, acogemos entonces estas palabras como traídas con propiedad y agudeza. Prosigue, pues, analizando si es conveniente reputar por buenas estas cosas que, de antemano examinadas, conducirían a esta evidente conclusión: su poseedora es tan rica “que no sabe dónde solazarse”.

13

Estoy compuesta de causa formal y materia. Ninguno de estos elementos será reducido a la nada, del mismo modo que tampoco ha salido de la nada. Pues cada parte de mi ser tendrá asignado otro lugar, mediante la transformación en otra parte del mundo; y de nuevo, ésta se transformará en otra parte del universo, y así continuará la sucesión hasta la eternidad. Por esta vía de transformación tuve yo principio, y lo mismo mi madre y mi padre, y por su orden, otras personas, hasta remontarnos así al infinito. Nada se opone a que esto parezca verdad, por más que se divida el gobierno del universo en periodos limitados.

14

La razón y el arte de razonar, hermana, son ciertas facultades que se bastan a sí mismas y a las operaciones que les incumben. Empiezan a obrar por un principio propio; y caminan derechamente al fin que se han propuesto. Por esto tales acciones se llaman catorthoses o acciones rectas, vocablo que refleja lo recto del camino que siguen.

15

No conviene que la mujer cumpla nada de lo que no le convenga a la mujer, por razón de tal. No son cosas que se deban exigir a la mujer; la naturaleza de la mujer no se las promete; no son perfecciones de la naturaleza humana. No es menester tampoco que la mujer cifre en ninguna de ellas su fin, ni –lo que remata el fin– su bien. Además, si alguna de estas cosas fuera conveniente a la mujer, fuerza sería no despreciarlas ni rebelarse contra ellas; no podría aprobarse a la mujer que diera señales de necesitarlas, y menos sería mujer recta la que se limitar a una sola, dado que ellas fuesen bienes.

En realidad, cuanto más se despoja una de estas cosas y otras idénticas, mejor aún, cuanto con más paciencia se soporta esta expoliación, tanto más credito adquiere de mujer de bien.

16

Tu inteligencia será cual la hagan tus ideas habituales; pues el alma queda imbuida de sus ideas. Impregna, así, la tuya con una abundancia de pensamientos como éste: allí donde se puede vivir, es posible también vivir bien. Pero se puede vivir en la corte; luego se puede vivir bien en la corte. Y asimismo: cada ser tiende hacia el fin por el cual y en vista del cual fue creado. En ajustarse a tal inclinación consiste el fin; y en el fin están cifrado el interés y el bien de cada una. Luego el bien propio de una viviente racional es la sociedad, puesta que está demostrado desde hace tiempo que para ella nacimos. ¿No es también evidente que lo inferior ha sido creado por causa de lo superior y lo superior con respecto entre sí? Luego, los seres animados son superiores a los inanimados, y los racionales a los simplemente animados.

17

El perseguir imposibles es locura, mujer. Y es imposible que las malvadas no cometan tales acciones.

18

Nada ocurre a la mujer que no pueda sobrellevarse naturalmente. Lo mismo puede ocurrir a otra, y sea que ignore lo que pasó, sea que quiera hacer ostentación de magnanimidad, se está firme y sin lesión. ¿No es sorprendente que la ignorancia y el deseo de complacer puedan más que la sabiduría?

19

Hermana, las cosas no tienen por sí mismas contacto alguno con el alma; no tienen acceso al alma; no pueden modificarla ni ponerla en movimiento. Ella sola se modifica y se pone en movimiento por sí misma, y hace tales los sucesos que se le ofrezcan cuales fueron los dictámenes que ella estimó dignos de sí misma.

20

Por cuanto la mujer es un ser estrechamente allegado a nosotras, en tanto debemos hacerle bien y sufrirla con paciencia. Pero en cuanto algunas personas se nos oponen en el cumplimiento de nuestros deberes, ya esa gente baja a la categoría de los seres que me son indiferentes, como el sol, el viento, la bestia. Estos objetos pueden obstaculizar en algún modo mi actividad, pero mi empeño y mis aptitudes internas no conocen trabas, gracias a mi facultad de economizarme y derribar los obstáculos. Puesto que la inteligencia deriva y desplaza, ante el fin que la guía, todo impedimento de su actividad. Lo que estorbaba su buena acción, le sirve de medio para aventajar; lo que cortaba su camino, la ayuda a avanzar. 

21

Honra lo que hay de más excelente en el mundo; aquello que beneficia de todo y vela por todo. Honra igualmente lo que hay en ti de más aventajado: y es esto homogéneo en un todo con lo primero. Que esto es lo que se sirve de las obras cosas, por medio de ti, y gobierna tu vida, hermana.

22

En teoría, lo que no es nocivo a la ciudad, no perjudica tampoco a la ciudadana. Cuantas veces te viniere la sospecha de que te han perjudicado, sírvate de regla esta verdad: si esto no perjudica la ciudad, tampoco yo he sido perjudicada.

—Pero si la perjudica, ¿no hay que irritarse contra quien perjudica la ciudad?

—¿Y por qué no le das a entender su error?

—¿Me escuchará?

23

Considera muy a menudo la rapidez con que los seres existentes y los acontecimientos ocurren y se nos arrebatan. Porque a la verdad, la substancia, como un río, está en curso constante; las energía, en perpetua mutación; las causas, sujetas a innumerables alteraciones; casi no hay cosa estable. Y he ahí, a dos pasos, el abismo infinito del pasado y del futuro, en donde todo se desvanece. ¿No se reputará por loca la mujer que ante tal espectáculo se enorgullece, se encrespa o se lamenta, como si alguna adversidad le importunara por tan breve espacio o aunque fuese por más tiempo?

 24

Piensa, hermana, en la totalidad de la substancia de la cual participas en muy pequeña proporción; y en la totalidad del tiempo, del cual te ha cabido un intervalo breve, infinitamente exiguo; y en el destino, del cual eres una parte mínima.

25

¿Comete alguien una falta contra mí?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Labores de mujer

 Con motivo del Día Internacional de la Mujer Trabajadora de 2026, tuve la ocasión de exponer mi obra textil en las instalaciones de la Escu...