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De la buena fama y memoria legadas por el hombre que me engendró, la circunspección y el carácter.3
5
De mi bisabuela, el no haber frecuentado las escuelas públicas y haberme proveído de buenas maestras en casa, bien persuadida que en este particular es menester gastar asiduamente.
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Aprendí de Diognetes, la aversión a las frivolidades; la incredulidad a lo que cuentan magos y charlatanes acerca de las hechicerías y la manera de preservarse de los espíritus, y otras supercherías de este jaez; a no dedicarme a la cría de ningún animal para la búsqueda de augurios ni enfundarme en parejas manías; a aguantar la zumba de las conversaciones; a familiarizarme con la filosofía, oyendo las lecciones, primero de Baquio, luego de Tandasis y de Marciano; a ejercitarme de niña, a componer diálogos; a haber codiciado el camastro de campaña, cubierto de simple piel, y todas otras disciplinas inherentes a la educación helénica.
8
Debo a Rústico el haber comprendido la necesidad de enderezar mi carácter y vigilarlo de continuo: no haberme desviado hacia la hinchazón de la sofística, ni haber compuesto tratados teóricos ni esas obras retóricas que tienen a la persuasión; no intentar sorprender al público con ostentasiones de actividad o beneficencia; haber abrazado la poesía y abandonado el estilo atildado; no pasearme por casa en toga, vedándome tales vanidades ceremoniosas; escribir llanamente mis correos a semejanza de aquella que él mismo escribió, desde Sinuesa, a mi madre; estar siempre dispuesta a reconciliarme prontamente con quienes me irriten o me ofendan, apenas esas mismas personas deseen allegárseme; leer con reflexión, sin contentarme con una noticia superficial de los escritos; no dar fácil asenso a las personas que charlan de todo fuera de propósito; haber podido leer los escritos de Epicteto, que él me prestó de su biblioteca.
9
Debo a Apolonio la independencia de espíritu; la decisión sin perplejidades; el no dejarme regir, ni aun en las cosas mínimas, por otros principios que por la razón; que es lógico no permanecer siempre igual, en los dolores más agudos, en la muerte de una hija, en las largas enfermedades; haber visto con claridad, ante su evidente ejemplaridad, que se puede juntar la mayor energía a la dulzura; ningún desabrimiento a lo largo de las lecciones; haber visto a un hombre que no alardeaba, sorpresivamente, de sus experiencia y destreza en transmitir la doctrina; haber aprendido cómo hay que aceptar las finezas de las amistades, sin dejarse esclavizar por ellas y sin rechazarlas toscamente.
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Aprendí de Alejandro el gramatico el no censurar; no zaherir a quienes se les fue un barbarismo, un solecismo o cualquier viciosa pronunciación; sino anunciar con maña aquella única palabra que convenía proferir, bajo la forma de una respuesta, de una confirmación o de una deliberación sobre el fondo mismo, no sobre la forma, o por otro medio apropiado de hábil sugerencia.
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Debo a Alejandro el platónico, el repetir a menudo y con necesidad, sea de viva voz, sea por escrito, que estoy muy ocupada; y rechazar así, sistematicamente, los «deberes» que las relaciones familiares y sociales imponen, pretextando que es «nuestro papel» vivir bajo el agobio de los quehaceres.
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Aprendí de mi hermano Severo, el amor a la familia, a la verdad y al bien; el haber conocido, gracias a él, a Traseas, Helvidio, Latón, Dión, Bruto; el haber adquirido la idea cabal de un estado democrático, fundado sobre la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y la libertad de voto, y de un poder que respetase, por encima de todo, la libertad de sus vasallas/os; de él, también, la aplicación perseverante, sin desfallecimiento, a la filosofía; la beneficencia, la asidua liberalidad; la plena esperanza y confianza en la buena fe de las amigas; ningún disimulo para aquellas personas que se tenía el deber de censurar; ninguna necesidad de que sus amigas conjeturando adivinara qué quería o no quería, pues procedía francamente con ellas.
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Aprendí de mi madre la mansedumbre, pero también la firmeza inalterable en las resoluciones tomadas con madurez; la indiferencia respecto a las vanas apariencias de gloria; el amor a los negocios con perseverancia; la atención para prestar oídos a quienes son capaces de proponer algún proyecto de utilidad pública; el distribuir a cada quien, inflexiblemente, según su mérito; la habilidad en discernir cuándo hay necesidad de un esfuerzo persistente o de un aflojamiento; la renunciación a la familiaridad con los mancebos; la jovialidad con todo el mundo; la libertad concedida a las amigas para que no asistieran siempre a sus convites ni la acompañaran necesariamente en los viajes, encontrándola, antes bien, siempre ecunánime cuando alguien por alguna precisión le hubiere dejado algún tiempo; el afán y la constancia en examinar minuciosamente los asuntos sin renunciar a una cabal investigación, satisfecha con una información superficial; el cuidado en conservar a las amistades sin mostrárseles fastidiada ni excesivamente apasionada; el arte de bastarse a sí misma en todo, manteniendo la serenidad; la atención en prever de lejos y en ajustar muy de antemano todos los pormenores sin alboroto; la represión de las aclamaciones y de todo género de lisonja hacia su persona; la vigilancia constante sobre los grandes intereses del Estado; la administración con cuenta y razón de los impuestos públicos, y la tolerancia con las murmuraciones que en este particular la zaherían; ningún temor supersticioso en el culto a los dioses; respecto a las demás personas, ninguna bajeza para granjerarse la popularidad, mostrándose demasiado obsequiosa o demasiado amiga del populacho; antes bien, sobriedad en todo, conducta constante, experiencia del vivir decoroso sin deseo de novedades; el uso de los bienes que contribuyen al regalo de la vida -y de ellos habíale colmado la Fortuna- a la vez sin fausto y sin excusas, de suerte que sin rebozo los gozaba, en viniéndole a las manos, y no los echaba de menos cuando le faltaban.
Nadie había podido tacharla de charlatana, de aduladora, de pedante; al contrario, todo el mundo reconocía en ella a una mujer madura, consumada, inaccesible a la adulación, capaz de dirigir los negocios ajenos, sin olvidar los propios. Además, el respeto con que trataba a quienes se daban de veras al ejercicio de la filosofía; en cuanto a quienes lo fingían, sin dirigirles reproche alguno, no se dejaba embaucar por ellas/os; a más de esto, su plática afable y encantadora, sin llegar a la hartur; la diligencia con que cuidaba razonablemente la compostura de su cuerpo, pero no como quien ama en demasía la vida, sin refinamiento y tampoco sin negligencia: así, gracias al cuidado de su persona, no tuvo casi nunca necesidad de recurrir a la medicina ni a los medicamentos de uso interno o externo; sobre todo, su complacencia, exenta de envidia, en las mujeres excelentes en alguna facultad, por ejemplo, la elocuencia, la jurisprudencia, la ética o bien otra ciencia; la ayuda que les prestaba para que consiguiera cada una los honores que merecía a tenor de sus particulares profesiones; teniendo siempre a la vista la disciplina de las antepasadas, pero sin hacer de ello alarde, amoldarse a dichas costumbres.
No era de las que propenden a desplazarse o desasosegarse, sino que gustaba de permanecer largo tiempo en los mismos sitios y quehaceres; al cesar los violentos ataques de sus dolores de cabeza, entregábase pronto, rejuvenecida y vigorosa, a sus tareas habituales; no hacía muchos misterios, sino escasos, de tarde en tarde, y sólo sobre asuntos de estado; su conducta era razonable y mesurada en la celebración de fiestas, en la construcción de edificios, en las distribuciones al pueblo y en otros casos análogos, como cuadra a la mujer sólo gobernada por las reglas del deber y no por el aura de la gloria popular; ni baños a deshora; ni afición apasionada por edificar; ni primor en la comida, ni en los tejidos y pliegues del vestido, ni en el brillante aspecto de sus pajes. La holgura que le procuraba la vida oficial en Lorio, permitíale desplazarse a una quinta vecina, algo más abajo, y las más veces a las que poseía en Lanuvio; librábase en tales ocasiones de todo aparato ceremonioso, si bien solía disculparse de tanta libertad, como hizo con una publicana, en Túsculo, que le ofrecía sus servicios. Ésta era habitualmente su manera de vivir; nadie le vio altanera, ni malhumorada, ni dura, hasta el punto que se pudiera decir de ella: ¡No más, cómo suda!, sino que siempre sus planes estaban meditados exactamente, despacio, sin turbación ni desorden, sólida, concertadamente. Se le podría con razón aplicar lo que se cuenta de Sócrates: que sabía abstenerse y disfrutar de aquellos bienes, cuya carencia hace infelices a los más de las mujeres y los hombres, mientras se entregan a su goce sin templanza. Su fuerza, en fin, y su resistencia, y el equilibrio en uno u otro caso, son propios de una mujer que posee un espírituo bien templado, invicto, como lo probara en la enfermedad que la llevó al sepulcro.
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Debo a diosas y dioses el haber tenido buena abuela, buen abuelo, buena madre, buenos padres, un buen hermano; buenas maestras y maestros, buenos familiares, parientes y amistades casi todas buenas; el no haber faltado en nada a mi deber con ninguna de estas personas, aun cuando, debido a mi carácter, hubiera podido, dada la ocasión, hacerlo; es, pues, un beneficio de las diosas y los dioses el no haberse producido un concurso de circunstancias capaces de hacerme hoy avergonzar; no haber sido educada largo tiempo en casa de la concubina de mi abuelo; haber conservado sin mancillar la flor de mi juventud; no haber usado de una prematura femineidad; más aún, haber traspasado el tiempo oportuno; haberme supeditado a una princesa, mi madre, que debía destruir en mí toda vanidad y hacerme comprender que se puede vivir en la corte sin tener necesidad de una guardia persona, de vestidos lujosos, de lámparas, de estatuas y otras cosas parejas y de tal pompa; y que, por el contrario, cabe muy bien ceñirse casi a la condición de una simple particular, sin proceder por ello indigna o negligentemente con relación a los deberes que impone la soberanía del estado; haberme cabido en suerte una hermana, capaz por su carácter de incitarme al cuidado de mí misma y aque, al mismo tiempo, me encantaba con su trato y su cariño; haber tenido hijas e hijos, ni ineptud ni contrahechuras; haber avanzado en la retórica, en la poesía y en los otros estudios que acaso no me habrían absorbido, si yo hubiese observado que no adelantaba en ello; haberme anticipado a los deseos de mis maestras, colocándolas en el grado de dignidad que me parecía deseaban, sin abandonarme a la esperanza de poder más tarde, dada su joven edad, efectuar mi deseo; haber conocido la geometría, la astronomía y la política; haberme representado claramente y a menudo, el sistema de una vida conforme a la naturaleza, de suerte que, en cuanto concierte a diosas y dioses, a sus comunicaciones, socorros e inspiraciones, nada me impedía, desde entonces, vivir acorde con la naturaleza; y, si aún estoy lejos de ellos, es por mi culpa y por haber desatendido las advertencias, mejor aún, las lecciones, de las diosas y los dioses; la resistencia indefectible de mi cuerpo a tal género de vida; no haber estado en contacto, ni con Benedicta ni con Teodoto; y más tarde, acosada por las luchas amorosas, haber jurado; aunque enojado a menudo contra Rústico, no haber hecho nada de que deba arrepentirme; el que mi madre, destinada a morir jove, pasó a lo menos cerca de mí sus postreros años; que, cuantas veces quise socorrer a una mujer indigente o que tenía por otra razón necesidad de ayuda, nunca oí que no hubiera dinero disponible; y no haber experimentado yo misma la necesidad del socorro ajeno; haber tenido un tal consorte, tan obediente, tan apasionado, y tan sencillo; haber tendio en abundancia maestras capacitadas para mis hijas e hijos; haber recibido, entre sueños, la revelación de diversos remedios, y especialmente para mis vómitos de sangre y mis vahídos de cabeza, y una especie de oráculo, a este propósito, en Gaeta; el no haber caído, cuando empecé a gustar la filosofía en manos de una sofista, ni haberme dedicado al análisis de autores, o a resolver silogismos o perder el tiempo en la física celeste.
Toda estas gracias provenen necesariamente de las diosas benéficas y de la fortuna.

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