lunes, 2 de febrero de 2026

Meditaciones (intervenidas), Libro II. 1-17

 




 1

Apenas amanezca, mujer, hazte en tu interior esta cuenta: hoy tropezaré con algún entrometido, con algún ingrato, con algún insolente, con un doloso, un envidioso, un egoísta.

2

Todo mi ser se reduce a esto: la carne, el espíritu, la facultad rectora. Me entrego, pues, a los libros, no me distraigo más tiempo: esto no me es lícito; pero, pensando que soy mortal, desprecio la carne: ella no es más que fango, sangre, huesos, un manojo de nervios, una red de venas y arterias. Miro lo que viene a ser mi espíritu: viento, y no siempre el mismo, que a cada instante lo expelo para aspirarlo de nuevo. Queda, pues, en tercer lugar, la recta razón. Hago así la cuenta: soy mujer; no permitiré que se esclavice mi razón, se agite, como títere movida por hilos, a merced de instintos egoístas, sea irritada contra el destino presente, o que tema el futuro.

3

Cuanto acontece es necesario y contribuye a la utilidad común del universo, del cual, mujer, eres una parte. En cuanto a tu sed de lectura, cólmala, para poder morir, no refunfuñando, sino realmente complacida y con el corazón reconocido a las escritoras.

5

Afánate fijamente, a cada hora, como ciudadana de tu pueblo y como mujer, en hacer lo que tuvieres entre manos, con precisa y sincera gravedad, con amor, libertad y justicia, procurando desasirte de cualquier otra preocupación. Lo conseguirás si ejecutas cada acción de tu vida como si fuere la última, despojada de toda irreflexión y de toda apasionada repugnancia al señorío de la razón, sin falsedad, ni egoísmo, ni displicencia ante las disposiciones de tu albedrío. Ya ves cuán pocos son los principios que debes poseer para vivir una vida próspera y sin temer a dios alguno.

 6

¡Alábate, alábate a ti misma, alma mía! Y encontrarás siempre la razón de adquirirte el honor que a ti misma debes. Breve es la vida de todas. La tuya pasa de prisa, y no te aprecias cuando, por el contrario, mides tu felicidad con lo que acontece en las almas ajenas.

 7

No te distraigan los incidentes exteriores. Desocúpate para aprender algo más de bueno, y cesa de andar girando como una devanadera. Conviene asimismo precaverte de otra clase de extravío. Que desvarían las que, a causa de tantos quehaceres, se hastían de la vida y no tienen blanco alguno al que dirijan todos sus esfuerzos y, en una palabra, sus ideas.

 8

Es fácil tropezar con una mujer que sea desgraciada por condolerse con lo ocurre en el alma de las demás. Pero las que no escudriñan los movimientos de su propia alma, fuerza es que sean desgraciadas.

 9

Es menester, mujer, tener siempre presentes estos principios: cuál es la naturaleza del universo y cuál es la mía; qué relación existe entre ésta y aquélla; qué parte del universo soy yo y quién es él mismo; y que nadie te impida hablar y obrar siempre conforme con la naturaleza, de quien eres parte.

 10

Como filósofo ha juzgado Teofrasto, cuando en aquella comparación que hacía de las faltas entre sí, afirma –como haría cualquiera que comparase, regida por el sentido común– que las faltas cometidas por concupiscencia son más graves que las cometidas por ira. En efecto, la mujer montada en cólera experimenta cierta pena y una secreta angustia de corazón, al desviarse de la razón. Pero la que peca por concupiscencia, vencida por el deleite, aparenta una cierta debilidad y amasculinamiento al incurrir en estas faltas. Teofrasto sostiene que los desórdenes cometidos por placer son más censurables que los cometidos con dolor. Ciertamente, en el último caso, la culpable parece ser la una mujer provocada por la justicia y forzada a inflamarse en cólera; en el primer caso, por el contrario, es ella misma quien ha decidido ser injusta, arrastrada a obrar así por el capricho de la concupiscencia. 

11

Conforma siempre tus acciones, palabras y pensamientos a la idea de que puedes salir a cada instante de la vida; por más que, si hay diosas, despedirse de las mujeres nada quiere decir, pues estas no sabrían hundirte en la desgracia. Y si no las hay, o bien si no se cuidan de las cosas humanas ¿a qué vivir en un mundo vacío de diosas o fato de providencia? Pero la verdad es que ellas existen y miran por las cosas humanas y, a fin de que no venga la mujer a incurrir en los verdaderos males, es a ella misma a quien han conferido plena autoridad. Si algo, fuera de estos males, nos fuera nocivo, hubiésense ellas desvelado para que cada una de nosotras pudiera preservarse de ello.

Pero, lo que no empeora la vida a la mujer, ¿cómo podría empeorarle la vida? La naturaleza universal no hubiera dejado de proveer para este mal ni por ignorancia ni de propósito, como sin arbitrio para precaverlo o corregirlo; ni por impotencia ni por incapacidad hubiera cometido ella el grave delito de repartir los bienes en la misma medida que los males, a las buenas y a las malas mujeres, indistintamente. Pero la muerte y la vida, la gloria y la oscuridad, el dolor y el placer, la riqueza y la pobreza, todo está repartido en la misma medida, a las mujeres buenas y a las malas, sin ser por ello ni cosas honestas ni torpes; luego, en rigor, no son ni bienes ni males verdaderos.

 12

¡Con cuánta velocidad se pasa todo: en el mundo, los cuerpos, y en la posteridad, su memoria! ¡De qué condición son todos los objetos sensibles y, con particularidad, lo que nos halaga por el placer o nos espanta por el dolor o resuena, por la vanidad, a todos los vientos! ¡Cómo aparece todo vil, despreciable, basto, destructible, muerto, a las mentes capaces de percibirlo! ¿Qué son aquellos de cuyo modo de opinar y hablar depende la reputación? ¿Qué es la muerte? Que, si se la mira aisladamente y se abstraen, por análisis de los conceptos, los fantasmas que la imaginación abulta, no se verá en ella más que un efecto de la naturaleza. Ahora bien: es evidentemente pueril temer los efectos de la naturaleza. Y no solo la muerte es efecto de la naturaleza, sino aún conveniencia de la misma. ¿Cómo se une la mujer con Dios y por qué parte de sí misma, y, sobre todo, cómo está dispuesta esta parte de la mujer?

 13

Nada más infeliz que la mujer que lo inquiere todo girando de aquí para allá, que escruta, como dice el poeta, “las profundidades de la tierra”, que indaga por conjeturas lo que acontece en el alma ajena, sin acabar de entender que le bastaría sólo aplicarse a la diosa que habita en su interior y venerarla como es debido. Este culto consiste en conservarse pura de pasiones; de temeridad y de disgusto por aquello que procede de las diosas y de las mujeres. Porque lo que viene de las diosas es digno de respeto, por ser obra de sí virtuosa; y lo que viene de las mujeres nos es caro a causa del parentesco, si bien a veces no deja de ser, en cierto sentido, objeto de compasión, por su ignorancia del bien y del mal, ceguera no menor que la que nos impide poder discernir lo blanco de lo negro.

14

Aunque debieras vivir tres mil años y aun diez veces otros tantos, acuérdate siempre que no se pierde otra vida que la que se vive y que solo se vive la que se pierde. Así la más larga vida y la más corta vienen a reducirse a lo mismo. El momento presente que se vive es igual para todas; el que se pierde, lo es también, y este que se pierde llega a parecernos indivisible. Y es que no se pierden el pasado ni el futuro; pues lo que no poseemos, ¿cómo podría arrebatársenos?

Conviene tener siempre en la mente estas dos cosas: la una, que todo, desde una eternidad, se presenta con un mismo semblante y gira en la misma órbita, de modo que poco importa contemplar el mismo espectáculo cien o doscientos años, o un tiempo ilimitado; la otra, que la anciana y la que muere prematuramente experimentan la misma pérdida, puesto que sólo se nos priva del presente, que es lo único que poseemos, visto que no se puede perder lo que no se posee.

 15

“Todo es mi opinión”. Evidentes son estas palabras enderezadas a un compañero de escuela de la destacable Hiparquía; evidente también la utilidad de dicha máxima, si sabemos valernos de su agudeza, sin franquear el límite de su verdad.

 16

Se deshonra el alma de la mujer particularmente cuando, por lo que a sí toca, viene a hacerse como un divieso o una excrecencia en el cuerpo del mundo; porque irritarse con alguno de los acontecimientos que sobrevienen es como un absceso de la naturaleza universal, de la cual participan las naturalezas de todos los otros seres. El alma se deshonra cuando se muestra adversa a alguna de las otras mujeres, o se comporta con ella con intención de hacerle mal, como acontece con las almas poseídas de ira. Lo tercero, se deshonra cuando se da por vencida del dolor o el placer. Lo cuarto, cuando disimula, finge y altera la verdad por obra o de palabra. Lo quinto, cuando lanza su actividad o sus apetitos sin blanco fijo, y lo ejecuta todo al azar, y sin continuidad, siendo así que aun las más pequeñas acciones debieran tender a un fin propuesto: y el fin de los seres racionales es obedecer a la razón y a la ley de la naturaleza, la más augusta de las ciudades y gobiernos.

 17

El tiempo de la vida es un punto: la sustancia, fluente; la sensación, oscurecida; toda la constitución del cuerpo, corruptible; el alma, inquieta; el destino, enigmático; la fama, indefinible; en resumen, todas las cosas propias del cuerpo son a manera de un río; la del alma, sueño y vaho; la vida, una lucha, un destierro; la fama de la posteridad, olvido. ¿Qué hay, pues, mujeres,, que nos pueda llevar a salvamento? Una sola y única cosa: la filosofía. Y ésta consiste en conservar la diosa interior sin ultraje ni daño, para que triunfe de placeres y dolores, para que no obre al acaso, y se mantenga lejos de toda falsedad y disimulo, al margen de que se haga o no se haga esto o aquello; además, para que acepte la parte que le tocare en los varios sucesos accidentales e integrantes de su parte, como procedentes de aquel origen de quien procede ella misma; y, en particular, para que aguarde la muerte en actitud plácida, no viendo en ella otra cosa más que la disolución de los elementos de que consta todo ser viviente. Si no hay nada temible para los mismos elementos en esta transformación incesante de uno en otro, ¿por qué temer, hermanas, la transformación y disolución de todas las otras cosas? Esto es conforme con la naturaleza: y nada es malo de cuanto a ella se acomoda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Labores de mujer

 Con motivo del Día Internacional de la Mujer Trabajadora de 2026, tuve la ocasión de exponer mi obra textil en las instalaciones de la Escu...