lunes, 2 de febrero de 2026

Meditaciones (Intervenidas), Libro IV, 3-51


3

 Le buscan para solaz el campo, la playa, la montaña; cosas que tú misma acostumbras desear con el más vivo anhelo. Todo esto denota vulgaridad de espíritu, teniendo una en su mano, a cualquier hora, el retirarse en sí misma. En ningún lugar encuentra la mujer refugio más apacible, más tranquilo, que en su propia alma, sobre todo cuando atesora aquellos bienes que, con una sola ojeada, nos devuelven en seguida la libertad del espíritu: y lo que yo llamo libertad de espíritu no es otra cosa que el estado de un alma bien ordenada. Concédete, pues, constantemente, este descanso y rehazte con él. Tendrás para ello ciertas máximas breves y elementales que, prontamente reducidas a la memoria, te borrarán toda pesadumbre y te restituirán libre de enfado, a tus funciones habituales. Porque, ¿qué cosa no puedes soportar con paciencia? ¿La ruindad de los seres humanos? Recuerda a este respecto que los seres razonables nacieron el uno para el otro, que de justicia deben sufrirse mutuamente, que sus faltas son involuntarias; piensa en los que, dadas a la enemistad, al odio, están tendidos en la tumba, reducidos a ceniza. ¡Cálmate, pues!

Pero ¿llevas pesadamente acaso la parte que de la totalidad te fue asignada? Ten presente la alternativa: tanto como si lo dirige una Providencia, como si lo dirige el concurso fortuito de los átomos, recuerda las pruebas por las cuales se demuestra que el mundo es como una ciudad.

Pero ¿te habrán quizá dominado los intereses corporales? Reflexiona que la inteligencia no toma partido con las agitaciones, suaves o violentas, del soplo vital, una vez ella se recobra y reconoce su poder; recapacita, en fin, cuanto aprendiste y aceptaste sobre el dolor y el placer.

Mas ¿te atormenta por ventura la pequeña ambición? Echa los ojos al olvido en que caen rápidamente todas las cosas y al abismo de la eternidad, por una y otra parte infinito; a la vanidad del aplauso ruidoso; a la versatilidad y arbitrariedad de quienes al parecer nos favorecen con su aplauso; a los límites exiguos en que se circunscribe la fama. Toda la tierra es como un punto, y ¿qué rinconcito de éste es habitado? Y allí, ¡cuántas personas y qué suerte de personas te ensalzarán!

Réstate, pues, que te acuerdes del reposo que puedes disfrutar en este pedazo de tierra que te pertenece. Sobre todo, no te agites ni pongas sobrado empeño en cosa alguna. Sé libre y examina todas las cosas como mujer fuerte, como mujer racional, como ciudadana, como quien vive para morir. Entre las máximas de que debes echar mano, ante las cuales te inclinarás, figuran estas dos: la una, que las cosas mismas no llegan al alma, sino que permanecen en el exterior, inamovibles; las inquietudes provienen únicamente del modo que interiormente tienes de opinar. La otra, que todo cuanto divisas, en un abrir y cerrar de ojos, va a transmutarse, cesará de existir. ¡De cuántas cosas has presenciado ya tu misma las transformaciones! Piénsalo constantemente. “El mundo es una mutación continua: la vida, una imaginación”.

4

Si la inteligencia es un bien común, la razón que nos hace seres razonables es común también; admitido esto, nos es también común esta razón práctica que prescribe lo que se debe o no se debe hacer. Si esto es cierto a todas las personas nos comprende una ley común; y si nos comprende, somos todas ciudadanas. Si ello es cierto, formamos todas parte de un mismo cuerpo político. Consecuentemente, el mundo viene a ser un estado universal. Y si no, ¿de qué otro cuerpo político se dirá que forma parte el linaje humano? De arriba, sin duda, de esta ciudad común, procede la inteligencia misma, la razón y la ley. Y si no, ¿de dónde? Efectivamente, así como la parte terrestre que tengo en mí, proviene del elemento de la tierra; la parte líquida, de otro principio; la aérea, de otra fuente; la cálida e ígnea, de otro origen que le es propio –que nada viene de la nada y nada va a parar a la nada–, así también de alguna parte nos viene el principio intelectivo.

5

La muerte, lo mismo que la generación, es un misterio de la naturaleza. La última es la condensación de los elementos que en la otra se disuelven. En suma, nada hay allí que deba avergonzarnos, pues no se halla en ellas cosas que no sea conforme a la condición del ser intelectivo ni a la causa de su constitución.

6

Estas cosas, siento tales las mujeres, deben producirse naturalmente así, por necesidad. Negar esto equivale a negar que tenga leche la higuera. En suma, acuérdate que en brevísimo tiempo tú y esotro moriréis; y poco luego, ni aun de vuestro nombre quedará memoria.

7

Expulsa de ti esa opinión, y se suprimirá la queja: "Se me ha infamado". Suprime esa queja, y se suprimirá toda injuria.

8

Lo que no empeora a la mujer, no empeora tampoco su vida, y no le acarrea mengua alguna, ni exterior ni interiormente.

9

La naturaleza de lo útil, hermana, es producir necesariamente este efecto de la utilidad.

10

Todo lo que ocurre, ocurre con razón. Lo descubrirás, mujer, si fijamente lo observares. No digo sólo que todo viene en fuerza de las consecuencias, pero también con relación a la justicia, y como si alguien distribuyera a cada cual las recompensas según lo merecido. Sigue, pues, observando cómo has empezado, y todo cuanto hicieres hazlo con la intención de ser una mujer de bien, según la idea feminista que suele formarse de la mujer libre. Practica esta regla en todas tus acciones.

11

No te mires las opiniones por el lado que las juzga verdaderas la o el insolente, o por el lado que pretende que tú las veas; antes, mujer, examínalas en sí mismas, como son en realidad.

12

Conviene tener siempre muy prontas estas dos reglas de conducta: la primera, hacer sólo lo que en pro de las mujeres te dictare la razón del poder real y legislativo; la otra, sumarte a otra resolución, siempre que se presentare quien te eduque y te haga apear de tu opinión. Bien entendido empero que esta mutación de sentencia debe tener siempre como causa ciertos visos de verdad probable o de utilidad pública; y tales deben ser únicamente los motivos determinantes, hermana, nunca la apariencia de que esto sea agradable o ambicioso.

13

¿Te hallas dotada de razón? –Sí–. Luego, ¿por qué no usas de ella? Si cumple su función, ¿qué otra cosa pretendes?

14

Hermana, subsistes ahora como una parte del universo. Te desvanecerás luego, resuelta en tu germen primitivo, o, más propiamente, te reasumirá, por transformación, aquella razón generatriz.

15

Muchos grumos de incienso se colocan sobre un mismo altar; los unos caen antes, los otros después. Pero este orden de caída, hermana, nada importa.

16

No habrán pasado diez días, y ya parecerás una diosa a quienes ahora no pareces más que una bestia; pero con tal que te dieres a tornar a los principios y al culto de la razón.

17

No obres como quien ha de vivir diez mil años. Lo irreparable está ya suspendido encima de ti. Mientras vives, mientras es aún posible, sé mujer de bien.

18

¡Cuánta holgura se logra si no se mira lo que la vecina dijo, hizo o pensó, sino lo que hace una misma, para que también esta acción sea justa, santa y conforme con el bien! No observes los malos caracteres, sino lleva adelante tu camino hacia el fin, sin mirar acá ni allá, por los lados.

19

La que anda alucinada por la gloria póstuma, no se imagina que cada persona de las que se acuerden de ella morirá también muy en breve; después, a su vez, morirá quien la reemplace, hasta que todo su recuerdo se haya extinguido, pasando de una a la otra, como luces que se encienden y se apagan. Demos empero que sean inmortales las que se acordaren de ti, inmortal tu memoria; ¿qué parte tendrás tú en ello? No digo que a la muerta de nada le sirva; pero a la viviente, ¿de qué le sirven las alabanzas, si no se tiene la mira en alguna utilidad de gobierno? Abandona, pues, ahora como intempestivo este afán que te priva de cuidar tus dotes naturales, pendiente como estás de la opinión ajena.

20

Por lo demás, hermana, todo lo honesto de alguna manera es honesto en sí mismo, encierra en sí su bondad, sin tener la alabanza como parte integrante de su ser. El objeto que una alaba no se hace, pues, ni mejor ni peor. Esto mismo digo de aquellas cosas que son estimadas como bienes, como los objetos materiales y los productos de la industria. Lo que fuere naturalmente bueno, ¿qué otra cosa necesita, como no la necesita la ley, la verdad, la benevolencia, el pudor? ¿Cuál de estas virtudes es buena por el hecho de ser alabada, o cual, por ser criticada, se deteriora? ¿Pierde valor la esmeralda porque no se la elogia? ¿Y el oro, el marfil, la púrpura, la lira, la espada, la florecilla, el árbol?

21

Si las almas sobreviven al cuerpo, mujer, ¿cómo puede desde la eternidad contenerlas el aire? ¿Y cómo puede la tierra contener los cuerpos de los que se inhumaron después de tantos siglos? Así como aquí abajo los cuerpos, después de haber subsistido por algún tiempo, se transforman y se disuelven para dejar sitio a otros cadáveres, del mismo modo las almas traspasadas a la región del aire, después de haber permanecido en ella por algún tiempo, se transforman, se disipan y se abrasan en la razón generatriz universal, que las recibe de nuevo, y de esta manera dejan sitio a las otras almas que van a establecerse en sus parajes. He ahí lo que podría contestarse en la hipótesis de que las almas sobrevivan a los cuerpos. Y no conviene considerar solamente a la muchedumbre de cuerpos que en esta forma son sepultados, sino también la de aquellos animales de que a diario nos nutrimos y las demás especies. ¡Cuán grande es el número de seres que así se consumen y tienen como tumba, en cierto modo, el cuerpo de aquellas y aquellos a quienes sirven de alimento! Y en tanto, hay lugar para ellos, porque pasan a la sangre y se transforman en aire o en fuego.

¿Cómo llegar, a este propósito, al conocimiento de la verdad? Distinguiendo la materia y la causa formal.

22

No te dejes arrastrar por el torbellino de las pasiones, antes bien, a todo ímpetu del instinto, ofrece lo que de justicia te toca; ante toda aprensión de la fantasía, hermana, conserva la facultad de pensar.

23

Me avengo, oh naturaleza del mundo, a todo lo que a ti te acomodare. Nada es para mí, mujer, temprano o tardío, si para ti es sazonado. Cuanto llevan tus estaciones, oh naturaleza, todo es para mí, fruto regalado. De ti viene todo, todo está en ti, todo vuelve a ti. Si la otra dice: “Oh, querida ciudad de Cécrope”, ¿no dirás tú: “Oh, querida ciudad de Zeus”?

24

Trata poco de negocios, dice la otra, si quieres conservarte en buen ánimo”. ¿No fuera acaso mejor cargar con los negocios necesarios y con cuanto dictare la razón del ser naturalmente sociable, y de la manera que lo dictare?

De esta suerte cosecharán, hermana, no sólo el buen ánimo que deriva del deber cumplido, sino el que proviene de una actividad moderada. En efecto, no siendo indispensables la mayor parte de nuestras palabras y de nuestras acciones, si se las cercenare se gozaría de más holgura y tranquilidad. De donde se colige que es muy del caso reflexionar en toda ocasión: ¿será ésta una de aquellas cosas innecesarias? No solamente conviene cercenar aquellas acciones que no son necesarias, sino también las ideas. De esta forma, no serían superfluas muchas de las obras que ciertas ideas llevan consigo.

25

Examina cómo te va en la profesión de mujer de bien, de mujer que acepta de buen grado la parte que te toca de las disposiciones universales, satisfecha por la práctica de la justicia y con una actitud de ánimo llena de benevolencia.

26

¿Has entendido esas cosas?* Atiende, pues, a estas otras. No te perturbes; simplifícate a ti misma. ¿Peca alguna? Sobre su cuenta y contra sí misma peca. ¿Te acontece algo bueno? Bien: todo ello estaba previsto desde el principio, urdiendo la trama de tu vida. En suma, breve es la vida. Conviene aprovechar el presente, usándolo con reflexión y justicia. Si te relajas, sea sobriamente.

*Nota del editor: “el lado desagradable de algún encuentro reciente”.

27

Es preciso que el mundo sea, mujer, o bien un sistema minuciosamente ordenado, o una masa que se ha amontonado sin orden. ¿Podrá darse que subsista en ti un cierto orden, y reine el desorden en este todo del universo? ¡Y esto cuando todo está bien combinado, bien compenetrado y coherente!

28

Carácter sombrío, carácter masculino, carácter testarudo, salvaje, bestial, pueril, muelle, falso, truhán, traficante, tiránico.

29

Si es extranjera en el mundo quien ignora lo que tiene en sí misma, no es menos extrajera quien desconoce lo que en ella pasa. Será una desterrada la que huye de acomodarse a la razón social; ciega, la que tiene cerrados los ojos de la inteligencia; mendiga, la que necesita de otra persona y no posee en sí misma todo lo que es útil para la vida. Es una postema del mundo la que renuncia y se hurta a lo que prescribe la razón de la naturaleza universal por el hecho de desazonarse ante los acontecimientos; siendo así que los produce aquella misma causa que te produjera a ti. Es, en fin, un miembro amputado de la sociedad, la que separa su alma de la de los seres racionales, siendo ésta una misma en todos ellos.

30

La una, sin túnica, hace profesión de filósofa; la otra, sin libro; aquélla, medio desnuda. “No tengo pan, dice una, pero permanezco fiel a la razón”. Y yo, por mi lado, carezco de los medios correspondientes al ejercicio de mi enseñanza, y persevero fiel a la misma razón.

31

Acepta el arte que has aprendido, y gózate en él. Y lo que te restare de vida, pásalo como quien lo confía todo, desde lo profundo del alma, a las diosas, sin hacerse tirana ni esclava de nadie.

32

Ponte a pensar, por ejemplo, en los tiempos de Vespasiano. Verás lo que hoy: gentes que se casan, forman una familia, enferman, mueren; guerrean, celebran fiestas, trafican, cultivan la tierra, adulan, se ensoberbecen, recelan, intrigan, desean que otras mueran, refunfuñan contra el presente, andan enamoradas, atesoran, ambicionan el consulado, el imperio. Pues bien, toda esta generación ya desapareció.

Pasa, ahora, a la época de Trajano. ¡Repítense los mismos afanes, y desaparece asimismo esta generación! Considera también y mira las características de otras épocas y pueblos enteros: ¡cuántas mujeres, después de haberse afanado, cayeron muy en breve y se desintegraron sus elementos!

Particularmente conviene que hagas memoria de aquellas que tú misma has conocido, cuando se afanaban inútilmente y olvidaban hacer lo que se conformaba su propio estado, perseverando invariablemente y satisfaciéndose en ello. Conviene, del mismo modo, recordar que el esmero aplicado a cada acción en particular deber corresponder al valor propio y a la justa proporción de la misma. De esta guisa, no te descorazonarás, a menos que te hayas entretenido en nimiedades más de lo que convenía.

33

Las palabras otrora corrientes no son hoy más que términos del diccionario. De la misma suerte, los nombres de los héroes más celebrados en otros tiempos no son, en cierto sentido, más que vocablos caducados: tales son Camilo, Cesón, Voleso, Leonato; dentro de poco, Escipión y Catón; luego, augusto, Adriano, Antonino. Todo pasa, y presto no es más que un nombre fabuloso; pronto lo sepulta el más completo olvido. Y me refiero de los que en cierto modo han despedido alguna maravillosa lumbre; porque los otros, desde su último aliento, son desconocidos y silenciados.

¿Y qué es, en sustancia, el recuerdo inmortal? Solo el vacío. ¿A qué cosa, pues, mujer, aplicar las propias solicitudes? A esto, únicamente: a pensamientos rectos, a una conducta enderezada al bien común, a un lenguaje incapaz de engañar nunca a nadie, a una buena disposición de ánimo en abrazar todo lo que aconteciere, como necesario, como cosa sabida, derivada del mismo principio y de la misma fuente.

34

Abandónate, mujer, de todo corazón a Cloto*: déjala tejerte la vida con los acontecimientos que le placen.

*Cloto, una de las tres moiras, era quien hilaba la hebra de la vida de los seres humanos; Láquesis decidía su destino; Átropos cortaba el hilo de la vida cuando llegaba la hora [nota del editor].

35

Todo es efímero, hermana: la que sugiere un elogio, como el mismo objeto que lo inspira.

36

Considera de continuo que todo lo que nace, se hace por transformación, y acostúmbrate a pensar que la naturaleza universal nada ansía tanto como cambiar las cosas existentes para formar otros seres semejantes. Todo ser, en cierto modo, es germen de otro de que él ha de renacer, tú lo sabes. Pero tú sueles imaginar más semillas que las que se echan en la tierra o en la matriz: y esto es ser creativa.

37

Habrás ya vivido mucho, y no acabas aún de ser sencilla, ni imperturbable, ni confiada para comprender que nada exterior puede dañarte, ni benévola para con todo el mundo; ni cifras aún la sabiduría en la sola práctica de la justicia.

38

Mira con atención los principios que guían a las mujeres sabias, qué cosas evitan y cuáles desean alcanzar.

39

Ningún mal puede sucederte que provenga de un principio rector ajeno, como tampoco de una alteración o transformación de tu ambiente. ¿De dónde penderá, entonces? De aquella aprensión de los males que en ti misma tienes. Desecha, pues, esta opinión, y todas las cosas te irán bien. Hasta si tu cuerpo, el vecino más allegado al alma, fuere sajado, quemado, invadido por la pus o la gangrena; a pesar de todo, aquella tu parte, persevere tranquila, quiero decir, persuádase que no es ni bueno ni malo lo que puede ocurrir a la persona mala o a la buena: que lo que sobreviene tanto a la que vive contra la naturaleza como a la que vive según ella, esto no está, sin duda, ni de acuerdo ni en desacuerdo con la misma naturaleza.

40

Hermana, conviene tener siempre en la mente que el mundo es como un ser animado, que contiene la sustancia única y un alma única; pensar cómo todo acaba en una misma percepción, la suya; cómo lo hace todo con un solo ímpetu inicial; cómo concurre con las demás causas particulares a todos los efectos que se producen, y, por último, cuál es la dependencia y enlace complejo de todas las cosas entre sí.

41

No eres más que una pobre alma, que arrastra un cadáver”, como decía Epicteto.

42

Las cosas que se hallan a punto de cambiar, mujer, no experimentan ningún mal, como tampoco a las que nacen de esta mutación les viene bien alguno.

43

El tiempo, hermana, es como un río o un raudo torrente, que arrastra los acontecimientos. Apenas una cosa salta a la vista, es arrastrada; aparece otra a su vez, y es arrastrada con igual prontitud.

44

Todo lo que acontece es tan vulgar y usado como la rosa en la primavera, y los frutos en el verano; tal es la enfermedad, la muerte, la calumnia, la traición y cuando alegra o aflige a las necias.

45

Los sucesos posteriores tienen siempre con los precedentes un lazo de coherencia. No son, mujer, como una especie de enumeraciones aisladas, que sólo concurren por necesidad; antes bien, es la concatenación lógica. Y así como los seres están ordenados con la debida armonía, del mismo modo los acontecimientos manifiestas, no una mera sucesión, sino una trabazón de unos con otros.

46

Acuérdate de tener siempre presente este pasaje de Heráclito: “La muerte de la tierra es convertirse en agua; la muerte del agua es transmutarse en aire; la del aire, hacerse fuego, y al contrario”. Acuérdate asimismo de aquella persona que se olvidó del camino por donde debía ir. Y asimismo, de esto: “Por constantes que sean las relaciones con la razón que todo lo gobierna, no pueden los seres humanos entenderse con ella; y lo que presencian todos los días, se les antoja extraño”.

Y a más, de esto: “No es conducente el obrar y el hablar como quien sueña”, que también al soñar parécenos que mucho hacemos y hablamos, “ni imitar la conducta de las y los jóvenes”, esto es, siguiendo a ciegas una tradición rutinaria.

47

Si alguna de las diosas te hubiere dicho que mañana, a lo más, pasado mañana habías de morir, no pondrías fuera empeño en morir más bien dentro de dos días que mañana mismo, a menos que te dominara la más extrema cobardía; porque, ¿qué viene a ser esta diferencia?

Del mismo modo, hermana, no creas que es más ventajoso morir al cabo de muchos años que mañana mismo.

48

Pondera sin cesar cuántas médicas murieron, después de haber tantas veces fruncido el ceño sobre sus enfermas; cuántas astrologas que reputaban maravilla al predecir la muerte de otras; cuántas filósofas, después de miles de controversias sobre la muerte y la inmortalidad; cuántas princesas, después de ocasionar la muerte a tantos seres humanos; cuántas tiranas que, a título de una pretendida inmortalidad, han abusado con pasmosa altivez de su poder sobre las vidas humanas.  ¡Cuántas ciudades han muerto, por así decirlo, enteramente: Hélice, Pompeya, Herculano y otras sin número! Pasa revista, una tras otra, a cuántas tú misma has conocido. Ésta, después de haber prestado sus postreros servicios a aquélla, fue colocada ella misma en el lecho fúnebre por otra y a esta otra tocó también su turno. ¡Y todo esto en cuán breve tiempo! En una palabra, considera siempre las cosas humanas como efímeras y ruines; lo que era ayer un poco de humor, será mañana momia o ceniza. Esta infinita brevedad del tiempo, vívela, pues, conformándote con la naturaleza y termina tu vida con agrado; al modo que la aceituna, llegada a la sazón, cae bendiciendo a la tierra que la sostuvo y dando gracias al árbol que le dio savia.

49

Haz por semejante al peñasco batido sin cesar por las olas, permanece inmóvil y a su alrededor desmaya la efervescencia de las aguas.

“¡Infeliz de mí, dice una, porque tal cosa me aconteció!”. No, al contrario: “Dichosa yo, porque habiéndome ocurrido esto, continúo sin pena alguna, sin quebranto por lo presente ni amedrentada por lo venidero. Una semejante desgracia hubiera podido ocurrir a cualquier otra; y ésta no hubiera sabido continuar, como yo, sin apenarse”. ¿Y por qué será la adversidad un infortunio más bien que una ventura? ¿Es que llamas infortunio del ser humano lo que no se desvía de la intención de la naturaleza humana? ¿Y te parece por ventura desvío de la naturaleza humana lo que no se opone a los designios de la misma naturaleza? ¿Cómo? Conoces ya estos designios. Entonces, lo que te ocurre ¿te impide ser justa, magnánima, cuerda, sensata, prudente, leal, circunspecta, libre y que poseas las demás virtudes que, reunidas, constituyen la característica de la naturaleza humana? Acuérdate, en suma, de usar de este principio ante cualquier accidente capaz de contristarte; esta adversidad no es un infortunio, mas soportarlo noblemente es una suerte.

50

Un remedio sencillo, y al mismo tiempo eficaz, para llegar al menosprecio de la muerte, es pasar revista a quienes se empeñan en asirse obstinadamente a la vida. ¿En qué han aventajado a las que fenecieron prematuramente? De todos modos, en algún sepulcro yacen tendidos Cadiciano,* Fabio, Juliano, el hijo de Apuleya y sus semejantes, que, habiendo acompañado a otras muchas personas a la tumba, fueron también ellas enterradas. En definitiva, brevísima es la diferencia de duración de la vida; y ésta, ¡a través de cuántas pruebas, con qué compañía se hace y con qué cuerpo! No tengas, pues, esto por gran negocio. Mira detrás de ti en el abismo del tiempo, y estotro infinito, por venir. Ante tal inmensidad, ¿en qué se diferencian la niña de tres días y la mujer que vivió tres veces la edad de Néstor?

 *Cadicianus, unknown long-liver, iv. 50. Possibly corrupt for Caecilianus, as Gataker

51

Camina siempre por el atajo: el verdadero atajo es el que sigue arreglado a la naturaleza. Por esto, hermana, habla y obra con la mayor cordura. Esta línea de conducta te librará de las fatigas, de la vida militar, de toda clase de administración, del alambicamiento de estilo.


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