1
Conviene no sólo hacerse la cuenta que la vida se consume de día en día y que se acorta la parte restante. Débese, mucho más, reflexionar otro extremo. Aunque la mujer viviere largos años, estará siempre incierta si le bastará la igual disposición de mente en que se hallare para comprender las cosas ocurrentes y la teoría encaminada al conocimiento de las cosas divinas y humanas. Por más que empiece a chochear, no le habrán de faltar, sin duda, la respiración, la nutrición, la imaginación, los movimientos y las otras funciones de ese orden; pero el vigor para disponer de sí misma, para cumplir perfectamente con sus deberes morales, para analizar sus pensamientos, para resolver también si es ya tiempo de abandonar este mundo, y para entregarse a todas las actividades que requieren una razón ejercitada, todo esto ya con anterioridad se extingue. Conviene, pues, apresurarse, no sólo porque por momentos se avecina una a la muerte, sino porque se pierde de antemano el conocimiento y la reflexión de las cosas ocurrentes.
2
Ni dejan, además, de ser dignas de consideración verdades como ésta: hasta aquellas cosas que se sobreponen a las obras naturales tienen siempre un no sé qué de gracia y atractivo peculiar. Así, el pan que se cuece, se agrieta en determinados lugares: y las hendiduras así formadas, contrarias a lo que prometía el arte de la panadería ofrecen un cierto placer y excitan por modo particular el apetito. Del mismo modo, los higos, en plena sazón, se entreabren, y las aceitunas, reventadas de maduras, próximas a la corrupción, añaden al fruto una belleza especial. Igualmente, las espigas que se doblan hacia la tierra, los pliegues que surcan la frente de la leona, la espuma que mana del hocico de una jabalí, y muchas otras cosas, miradas en sí mismas, no ofrecen ninguna hermosura a la vista, pero por ser añadiduras que acompañan a las obras de la naturaleza, contribuyen a su embellecimiento y atractivo.
De igual modo, si está la mujer dotada de sensibilidad y de inteligencia, y es capaz de fijar altamente la consideración en cuanto pasa en el mundo, no encontrará acaso nada, ni aun en lo que acontece como adición natural, que no suponga una gracia característica. No se complacerá menos al ver en las realidad las fauces abiertas de las fieras, que en cuantas imitaciones nos presentan la escultura y la pintura. Con sus ojos perspicaces podrá hasta descubrir cierta madurez y sazón en cualquier persona, como cierto hechizo en los y las niñas. Otros muchos casos análogos se encontrarán, no del gusto de todas, mas sí de la mujer que se ha hecho verdaderamente familiar de la naturaleza y sus obras.
3
La mítica Hagnódice, después de curar muchas enfermedades y librarse de la pena capital, al cabo cayó enferma ella misma y murió. A muchas personas había pre-dicho la tribu caldea la muerte, y no por esto dejó de llegarles también su día y destino. Hipólita, Pentesilea y Molpadia, después de haber combatido tantas veces en el campo de batalla contra los griegos, también ellas, al fin, perdieron la vida a manos, respectivamente, de Heracles, Aquiles y Teseo. Safo, cuya obra dignificaba la biblioteca de Alejandría, sufrió en algún momento los síntomas de la enfermedad del enamoramiento y murió, sin que sepamos cómo o por qué. Murió Hipatia, a causa de los golpes, de ser arrastrada y descuartizada por la devoción cristiana. ¿A qué todo esto? Te embarcaste, hiciste el viaje, llegaste al puerto: ¡desembarca! Si es para entrar en una nueva existencia, no echarás de menos a las diosas. No es para quedar del todo insensible, cesarás en los dolores y los placeres, librándote de servir a un envoltorio corporal tanto más vil cuanto le sobrepasa la parte esclavizada: ésta, es inteligencia y divinidad; aquél, fango y sangre impura.
4
No malogres la parte de vida que te queda en averiguar vidas ajenas, a no ser que te propongas algún fin útil a la comunidad. Te privas ciertamente de cumplir tu deber al revolver en tu imaginación lo que hace fulana y por qué lo hace, qué dice, qué piensa, qué trama, y otras ocupaciones de esta índole que te distraen de la consideración de tu facultad rectora. Conviene, pues, no ensartar en la cadena de nuestros pensamiento lo que es temerario y vano y, más especialmente, lo fútil y lo malvado. Hay que avezarse, además, de tener sólo ideas tales que si alguien de repente te preguntare, bruscamente: “¿En qué piensas ahora?”, pudieras responder al instante, con toda franqueza: “en esto” o “en aquello”. Se dejará ver entonces, pronto y evidente, que todo lo tuyo es simple, bondadoso, digno de un ser sociable e indiferente a los placeres y, en su conjunto, a las ideas de una vida voluptuosa; un ser que no abriga envidia, celos, desconfianza u otra pasión por la cual le fuera preciso avergonzarse al manifestar que la posee tu ánimo.
La mujer que se muestra tal y que, sin más pruebas, pretende ser reputada ya por mujer perfecta, viene a ser como una sacerdotisa y ministra de sí misma, consagrada al culto del numen que mora en su interior; y esto conserva a la mujer como atleta en la lucha más gloriosa, la que resiste al ataque de toda pasión, impregnada, hasta lo más hondo, de justicia, encariñada de todo su corazón con los acontecimientos y con cuanto integra su ser, rara vez entrometida, y nunca sin necesidad absoluta y utilidad común, en lo que pueda otra decir, hacer o pensar. No pone en práctica más que su tarea estricta y piensa sin cesar en la parte que le cabe en el repartimiento de destinos en el universo: y así cumple, en lo uno, con su deber y se persuada, en lo otro, que son buenas las disposiciones. Pues el destino otorgado a cada una está involucrado en el conjunto delas cosas, al mismo tiempo que las involucra ella misma. Tiene ella también presente que todos los seres razonables participan de un común parentesco, que es conforme a la naturaleza humana el preocuparse por todos los seres humanos, pero de modo que no se acoja una al aplauso del vulgo, sino únicamente al de aquellas personas que viven de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Respecto de las que viven dispersamente, no deja de traer al pensamiento cómo se comportan en casa y fuera de ella, de noche y de día, y con quiénes se mezclan; no para mientes, pues, en la aprobación que pueda venir de tales personas, que ni de sí mismas están satisfechas.
5
Al hacer algo, que no sea de mal grado, ni sin respeto al bien común, ni sin previo examen, ni braceando en sentido opuesto. No adorne la extrema finura tu pensamiento. Habla lo que sea necesario, abraza pocos negocios. Además, que la diosa que mora en ti, sea guía de una mujer grave, respetable, consagrada al estado, que sea una ciudadana y una monarca, capaz de perfeccionarse a sí misma, como sería la mujer que aguardara la señal de retirada de la vida, expedita para obedecerla, sin necesidad de juramento o de atestiguación alguna. A más de esto, mantiene un semblante placentero, desembarazado de todo ministerio externo y de toda tranquilidad procurada por la demás gente. Conviene, pues, mantenerse recta sobre sí, sin necesidad de ser enderezada.
6
Si hallares en el discurso de la vida humana un bien superior a la justicia, a la sinceridad, a la cordura, al valor y, para decirlo de una vez, al bien de una inteligencia complacida en sí misma, en tanto conforma tu conducta con la recta razón, y satisfecha de su destino, por lo que toca a las cosas espontáneamente repartidas al azar; si hallares, digo un bien de mejor condición, abrazándolo con toda el alma, disfruta enhorabuena de este bien supremo que descubras. Pero si no descubres cosa alguna más excelente que este numen que en ti ha establecido su morada, que tiene a raya los instintos personales, que vigila las ideas, que se desprende, como decía Sócrates, de los halagos de los sentidos, que se subordina a las diosas y tiene cuenta con la utilidad de tus prójimas/os; si hallares que toda otra cosa, frente a ella, es mezquina y sin valor, no des cabida en ti a otro afán, puesto que una vez te hubieres rendido e inclinado hacia éste, no podrías sin marcada violencia dar el primer lugar a aquel bien supremo, propiamente tuyo. No es conforme a justicia, en efecto que se oponga al bien propio de la razón y de la sociedad nada que sea extraño a su naturaleza, como el aplauso de la turba, el poder, la riqueza, el goce de los placeres. Todas estas cosas, aunque parezcan momentáneamente convenientes a la naturaleza, en enseñorean luego de nosotras y nos arrastran a la deriva. Tú, repito, escoge de buena fe y libremente lo mejor y afírmate en ello.
–Pero lo mejor es lo útil.
Si se trata de tu utilidad como ser razonable, pugna por mantenerte en ella. Pero si no atañe más que a tu apetito, manifiéstalo y, sin orgullo, conserva un juicio recto. Procura sencillamente hacer sin tropiezos este examen interior.
Desechado, pues, de ti todo otro cuidado, pon sólo la atención en unos pocos preceptos. Y acuérdate que cada una no vive más que el presente, indeciblemente pequeño. El resto de la vida, o ya se acabó de vivir, o es incierto. Brevísimo es, pues, el instante que cada una vive, brevísimo el espacio donde habita, brevísima la fama de la posteridad. Y aun ésta no existe más que por una sucesión de pigmeas que morirán muy en breve, que no se conocen a sí mismas, y todavía menos a la mujer que murió tanto antes.
11
A los avisos susodichos agréguese aún otro: fijar y describir siempre el objeto cuya imagen se presenta al espíritu, de suerte que se le vea lúcidamente, tal como es por naturaleza, desnudo, uno bajo diversos aspectos; y decirse a sí misma su nombre y los nombres de los elementos que lo forman y en los cuales se desintegrará. Nada, en efecto, contribuye a la grandeza del ánimo como poder comprobar con orden y exactitud cada uno de los objetos que se presentan en la vida, y verlos siempre en tal conformidad, que se conozca al mismo tiempo a qué clase de universo aporta cada uno utilidad, y cuál, qué valor tiene en relación con la colectividad, y cuál respecto a la mujer, siendo ésta ciudadana de la más excelsa de las ciudades, junto a la cual esas otras ciudades de acá son como simples casas; qué es y de qué principios se compone, y cuánto tiempo debe naturalmente durar este objeto que ahora me configura la imaginación, y qué virtud necesito para hacerme con él, sea la mansedumbre, el valor, la sinceridad, la buena fe, la sencillez, la suficiencia u otras.
Por lo mismo, conviene decir en cada acontecimiento particular: esto procede de la mano de Dios; aquello, del enlace y tupida trama de los hechos, y del encuentro producido por tal coincidencia o por el acaso de la fortuna; esotro, proviene de un ser de mi mismo linaje, familiar o colega mía, que ignora lo que le corresponde según los derechos de la naturaleza. Yo, en cambio, no lo ignoro: por esto le trataré según la ley natural de la colaboración común, con benevolencia y justicia; si bien, al mismo tiempo, no perderé de vista en estas cosas indiferentes de la vida el grado correspondiente de su valor.
12
Si ejecutas la acción presente siguiendo la recta razón, celosamente, con firmeza, benevolencia y sin preocupación superflua, antes bien, conservando tu genio constantemente puro, como si debieras restituirlo al punto; si añadieres la condición de no esperar nada ni nada evitar, dándote por satisfecha con el trabajo presente conforme a la naturaleza y, en cuanto digas o propongas, con una sinceridad heroica, vivirás feliz. Y nadie podrá impedírtelo.
13
Al modo que las cirujanas tienen siempre a mano los aparatos y los hierros de su profesión para los servicios urgentes, así deberás tú tener prontos los principios para poder entender las cosas divinas y humanas, y para efectuar cada una de tus acciones, hasta las más pequeñas, en tal conformidad, recordando la conexión recíproca de ambos órdenes de cosas; por lo que no harás cosa alguna en beneficio de quienes te rodean, si no lo relacionas con las cosas divinas, ni al contrario.
14
No vagabundees más. Que no has de tener tiempo para releer tus notas, ni las antiguas historias de Roma ni de Grecia, ni extractos de tratados que habías reservado para tu vejez. Apresúrate, pues, en llegar al fin, despídete de las vanas esperanzas y mira por tu bien, si tienes cuenta contigo misma, hasta que sea posible.
15
No se conocen todas las acepciones de las palabras: hurtar, sembrar, comprar, reposar, ver lo que cumple hacer; y esto no se puede ver con los ojos corporales, pero sí gracias al sentido de la vista interior.
16
Tenemos cuerpo, alma, inteligencia. Del cuerpo son las sensaciones; del alma, los instintos; de la inteligencia, los principios. De recibir impresiones por medio de las ideas de los objetos, los mismos brutos son capaces. De ser impetuosamente agitada, como títeres, por los instintos, también las fieras, las y los falerios, los Nerones son capaces. De tomar la inteligencia por guía de lo que parecen deberes, también son capaces quienes no veneran ninguna divinidad, quienes traicionan a su patria o cometen toda clase de infamias a puertas cerradas. Si, pues, todo esto es común a los seres antedichos, la prerrogativa de la mujer virtuosa es acoger con amor y satisfacción lo que sobreviene y se entrelaza con la vida, y no envolver y turbar con un tropel de ideas a la genio que ha tomado asiento en su corazón; sino vigilarla para que se conserve satisfecha, que obedezca, como conviene, a la divinidad, sin decir una palabra opuesta a la verdad, ni hacer nada contrario a los derechos de la justicia. Si las demás personas rehúsan creer que vive una con simplicidad, modestia y buen ánimo, ella no deberá enojarse con nadie ni desviarse del camino que conduce al término de la vida, que se debe esperar puro, tranquilo, despejado, acorde sin repugnancia alguna con la suerte que le cupiere
Nota bene:
En la decimosexta meditación del libro III, Marco Aurelio, escribe τὸ δὲ νευροσπαστεῖσθαι ὁρμητικῶς καὶ τῶν θηρίων καὶ τῶν ἀνδρογύνων καὶ Φαλάριδος καὶ Νέρωνος˙.
Miquel Dolç, traductor de la edición de Taurus de las Meditaciones sobre las cuales baso mi reescritura, propone “De ser impetuosamente agitado, como títeres, por los instintos, también las fieras, los andróginos, los Falarios, los Nerones son capaces.
Φαλάριδος, Falarios. ¿Quiénes eran estas personas?
Falerius, Falerii, según el A Latin Dictionary, de Lewis & Short (1879), sería la modificación romana para Falerii, “Latin people / Etruscan culture” y “Falisci (pl.)”.
A la ciudad Falérioi, del territorio de Etruria, se la conoce ahora como Faleria (del latín Falerium), estuvo ubicada cerca del Tíber. A sus habitantes se les llamaba faliscus. En falisco, la lengua de las antiguas personas faliscas, el gentilicio era falisci.
En latín Falerium, Falério.

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